¡NO ARRIESGAS NADA!

“Sólo son puras etiquetas. Sólo etiquetas todo. ¿Sabes qué es esto? ¿Siquiera sabes lo que es? No lo sabes. ¿Sabes por qué? Porque no puedes ver lo que es esto si no lo etiquetas primero. Confundes los ruidos de tu cabeza con verdadero conocimiento.

Mire, aquí no hay nada sobre la técnica, nada sobre la estructura, nada sobre la intención. Sólo son un montón de opiniones idiotas, sustentadas por comparaciones aun mas idiotas. Escribe un par de párrafos y, ¿sabe qué? ¡Nada de esto le cuesta un puto centavo! No arriesgas nada, nada, nada, nada. Yo soy un puto actor. Esta obra me costó todo. Le diré que: tome esta puta, maliciosa, cobarde, pésimamente escrita crítica y metasela directo en su arrugado y apretado trasero.”

El guión precedente es de “Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia)”. El  actor principal dirige el monólogo hacia una crítica teatral que destrozaría su obra sin siquiera verla.

A riesgo de volverme apocalíptico, creo que en los últimos años el periodismo ha presentado una notable descompensación en la balanza cantidad-calidad. Han aumentado los programas de televisión que refieren al fútbol pero disminuyó la calidad, principalmente por el sesgo pseudo polémico con el que intentan llevar la trama.

Sin dudas el factor económico es insoslayable. Toda programación privada busca que su principal rédito sea monetario, y eso sólo viene gracias a un número considerable de rating. Para ganar ésta batalla se utiliza una sola fórmula: el impacto mezclado con la polémica. Los encargados de llevar a cabo la inescrupulosa tarea son los periodistas deportivos.

El programa inicia con un editorial en donde la principal motivación de los conductores es atrapar al receptor del mensaje  -visto por ellos como un mero consumidor- para que no cambie de canal en busca de otra programación. Entonces comienza el juego, con un musicalizador salido de una película de Alfred Hitchcock, creador del ambiente para el principal orador que frunce el ceño y con voz parsimoniosa ensaya una catarata de etiquetas. Como una guerra no se gana sólo con un soldado, hay un séquito detrás de él. Son los encargados de hacer creer al televidente que se encuentran debatiendo de un tema sustantivo para la humanidad. Casi siempre tensos, ofuscados, vociferan barbaridades que no pueden sustentar luego. Sus frases de cabecera suelen ser: “¿Cuándo renuncia?” y “Fulano no tiene lo necesario para jugar en tal equipo”. Claro que cuando sus pedidos se realizan exclaman ¡En este fútbol no dejan trabajar a nadie!

Hace un tiempo un entrenador los llamó “Los Invictos”, pero yo los catalogaría como “Los Cómodos”, pues ellos nunca sudan la gota gorda. Un director técnico que pone línea de tres defensores aun cuando el presidente y la hinchada dice que tienen que ser cinco, un jugador que realiza una vaselina pateando un penal en el último minuto, incluso un presidente, tienen en común algo: arriesgan. Están en el juego. Pueden ganar o perder, pero siempre apostando. En cambio, los cómodos son público que critica, incluso despiadadamente, desde su lugar confortable como el piso de un programa de televisión. Para ellos, todo el que no gana es un fracasado, y el que pierde debe dejar su cargo porque no sirve. No se detienen a pensar en la persona detrás del protagonista, sólo intentan cubrir su cuota de egocentrismo para perdurar un tiempo más agarrados de su pomposa silla y vestir sus asquerosos trajes.

Aquí se realza lo trivial. El fútbol real, aquel que se juega, no es importante. Si un protagonista tiene el atrevimiento de innovar o realizar actos fuera de la norma, es un charlatán. Imagino estar un segundo en sus cabezas, y escuchar: “Acá lo importante es ganar. Ganar.Y si pierde, no importa como lo hace. Perdió. Es malo y no sirve. Afuera, que venga otro. De todas formas, también seremos implacables con él, y con el próximo. Además nos queda tiempo para darte clases de moral y decirte que está mal como vivís el fútbol, que no podes insultar en el estadio ni colgarte de un alambrado, pero yo tengo la potestad de discutir a los gritos con mi compañero y tomarlo como de vida o muerte, porque soy el cómodo y todo lo puedo.”

Huelga decir que la crítica no es dirigida hacia todo el periodismo deportivo -más bien, futbolistico-, sino para aquel gran grupo que cumple las características marcadas a lo largo del presente texto. Es decir, los que confunden -adrede o no- la hermosa labor de comunicar y enseñar con cargar una escopeta de atrocidades y rematar a cuanto protagonista se cruce en el camino, arguyendo que tienen la libertad de decir por el hecho de ser periodistas, que es una realidad, pues es el derecho a la libertad de prensa. El cual opino debe utilizarse responsablemente.

En suma, y sintetizando la idea de mis palabras vertidas en este artículo, considero que debe haber un respeto mayor a aquellos que arriesgan. Es mucho más sencillo maquillarse, ponerse un traje y sentarse cómodamente en un sillón para debatir sobre el trabajo de los demás que entrenarse, ponerse los botines y salir a la cancha, o que dirigir a un grupo de treinta hombres, con responsabilidades a tomar y un publico para satisfacer.

“No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo.” Voltaire.


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