EL DÍA EN QUE ME ENAMORÉ DEL FÚTBOL

El primer día del mes de julio del año 2006 aún tenía presente en mis recuerdos las lágrimas de mis compatriotas argentinos por la eliminación del día anterior. Sí, se estaba jugando la Copa del Mundo, y como todo adolescente que gusta del fútbol, mis horas más importantes ocurrían en las distintas ciudades alemanas. Ayer fue Berlín, y la figura de Lehmann -¡que se había copiado, con un papelito dudoso!-, hoy era Frankfurt, y Brasil enfrentando a Francia.

Con mi Selección eliminada, sólo quedaba disfrutar del fútbol, es decir, de Brasil. En el campo de juego se encontraban Ronaldo, Ronaldinho, Kaká, Ze Roberto, Roberto Carlos, entre otros profesionales brasileros nada despreciables. Del otro lado un seleccionado francés que venía de una primera fase bastante mediocre pero había ajusticiado a una España muy prolija. Como todo argentino herido en mis sentimientos, iba con Francia, pero con esperanzas limitadas a sabiendas de la diferencia de jerarquía.

De todas formas, Francia no era un campesino que pedía pan a Maria Antonieta. Jerarquía le sobraba con Makélélé, Vieira, Henry, Ribéry, y claro, el capitán: Zinedine Zidane. Un jugador de calidad privilegiada que daba sus últimos pasos con la camiseta francesa, pero estaba logrando un mundial más que digno.

El encuentro había comenzado parejo, y yo comenzaba a entusiasmarme con mi equipo de alquiler. Francia estaba dominando a Brasil. Ni Ronaldinho ni Ronaldo podían hacer de las suyas, y era un buen augurio. El mediocampo y la defensa gala eran más que eficientes y sus delanteros siempre podían incomodar a los colegas brasileros. Con el correr del encuentro me ocurrió algo impensado; veintiún jugadores habían desaparecido del campo, sólo quedaba uno para mí. Era el diez de Francia: Zidane, según decía el dorso de su camiseta. Nunca había visto nada igual. Mi joven inocencia o mi despertar poético elaboró una teoría que fue demolía tiempo más tarde: ese longevo hombre calvo no era de profesión jugador de fútbol, o mejor dicho, no sólo jugaba al fútbol. Por sus movimientos, estaba seguro de que en el pasado fue bailarín de ballet, puesto que aquel día vestía todo de blanco con unos zapatos completamente dorados y sus piernas ¡Ay sus hermosas y plásticas piernas! Las movía como Pablo Picasso a su pincel, como Louis Armstrong dominaba su trompeta, como James Joyce conectaba con su pluma. Los jugadores brasileños eran niños de guardería ante sus premeditados y sutiles movimientos. Sus gambetas fueron perfectas en aquella noche alemana en donde se escurría como agua entre las manos de los medios y defensas. Sí, por eso -pensé- también había sido ladrón ¡No puede escaparse con tanta facilidad!, y  además un catedrático de matemáticas; es la única manera de explicar los pases milimétricos y siempre perfectos a sus compañeros. En definitiva, supe que Zinedine Zidane no era nada de ello, sólo un gran jugador de fútbol. Pero aquella noche  usufructuó los aspectos vitales de distintas disciplinas y los expuso en un campo de fútbol. ¿El resultado? El encuentro finalizó uno a cero para Francia, pero a lo que a mi se refiere el resultado fue otro: aquel hombre que fue ladrón, escritor, bailarín, matemático y músico, hizo que me enamorara perdidamente del fútbol. Algunos dicen sentir mariposas en el estómago con su primer beso o al ver a su amada. Yo sentí mariposas revolotear en mí aquel primero de julio.

El día no finalizó con el pitazo de Luis Medina Cantalejo -árbitro del encuentro-, sino que, exaltado por la clase de fútbol que había disfrutado, llamé a mis compañeros y organicé un partido en el que, modestia aparte, fui el mejor de la cancha. Gambetas, caños, goles, entre otras maravillas realizadas. No crean que soy egocéntrico, pues como escribió Eduardo Galeano “Jugaba muy bien, eh. Era una maravilla, pero solo de noche, mientras dormía. Durante el día supe ser el peor pata de palo de la historia de mi país”. Es que aquella noche no fui yo: fue Zidane.


gon

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