LA SOBRESTIMACIÓN DE LA VICTORIA

“Si puedes conocer al Triunfo y la Derrota, y tratar de la misma manera a esos dos impostores […] Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella, y lo que es más: serás un hombre, hijo mío.” –If…, R. Kipling

A todos los segundos del mundo:

La parafernalia habitual de los tiempos modernos nos lleva a enaltecer un acto tan efímero como la victoria. ¿Hablo del fútbol? Claro, pero también de la vida en sus aspectos más diversos. Temiendo una aburrida prosa de izquierda, debo decir que en ésta era de capitalismo salvaje, donde vemos al mundo como una jungla con cazadores y cazados, donde sólo importa la maximización de ganancias en detrimento del otro, creando más entes individualistas con pensamientos homogeneizados, no debe sorprendernos que el segundo sea divisado como un hijo de puta, digno de morir en una plaza pública.

Usted debe ser un ganador, así conseguirá un harén de guapas mujeres que le cocinenlavenplanchenlimpienelculo, por eso compre éste desodorante con sabor a alienación. Tú deber es vencer, ¿No lo ves en los medios de comunicación? Y no, claro.

Los medios de comunicación son un mero eslabón de una cadena en la que estamos todos inmersos. Es una derrota cultural que venimos perdiendo desde hace demasiadas décadas. Hay una deshumanización de la otredad, es decir, no se percibe al otro como una persona. Hay que pisar cabezas para ascender en la escala social. Lo habrán escuchado en el trabajo, en los estudios, o en cualquier ámbito: el éxito como objetivo. Pero ¿Qué éxito? Ahí radica el escollo. Se busca un éxito momentáneo y artificial, por ejemplo, una compra ostentosa. Nadie (muy pocos) busca un éxito espiritual o mejorar como persona ayudando al prójimo. Los procesos y proyectos para un logro no suelen tener el lugar que se merecen en la época de la instantaneidad, en donde todo debe suceder ya.

Claro que el fútbol vive los mismos problemas porque es un foco social. Los equipos deben ganar siempre y sin importar el cómo (¡otra vez en escena lo instantáneo!). Y de ese modo se difumina la línea entre el trabajo y el azar. Los perezosos o mentirosos equiparan sus posibilidades con nobles y trabajadores, pues son condiciones mucho más favorables para los primeros. Una imagen que puede dar luz a todo esto es cuando vemos, en todas las finales, a los futbolistas derrotados sacándose la medalla de plata como si fuera un collar de espinas. Ése segundo puesto es una carga cuando no debería serlo. Y esa victoria no debería ser un alivio eterno. Bien dice Guardiola que “del fracaso se aprende diez veces más. La victoria te da diez minutos de paz, pero luego te atonta”.

Entonces, le damos a la victoria un lugar que no merece. Ganar o perder es una consecuencia y no la causa principal. Uno no hace para ganar. Uno no vive para ganar. Llegará la mejora cuando se acepte que, en la vida, las victorias son escasas en comparación con las derrotas, pero debemos estar preparados para ambas. Y son las malas situaciones de la vida las que forman al ser humano, mientras que en el calor de los festejos uno puede marearse. “Lo importante es la nobleza de los recursos utilizados. El tránsito, la dignidad con la que recorrí el camino en la búsqueda del objetivo”, afirma Bielsa y yo suscribo.

Los pensamientos y sentimientos producto de lo que usted dio para realizar un acto valen insuperablemente más que cualquier victoria lograda. No se deje engañar con las falacias más usuales, como “del segundo nadie se acuerda”, o que “es el primer perdedor”. Tampoco con la fábula de la competencia o de que sólo sirve ganar. Aquello que realmente sirve es su mejora como persona y profesional en lo que haga, que luego de dar todo por lo que creía bueno, termine mejor de como empezó. Y así ganará un capital que nunca lo hubiese logrado de sólo pensar en la mera victoria.


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