DOCE PASOS

Doce pasos separan al verdugo de su victima; hasta que el ejecutante no dispara nadie sabe quién es quién. Uno debe evitar el gol, otro hacerlo. Ninguna de las dos empresas es sencilla. Poco valorados son los penales, penaltis o penalty kicks, según la geografía del encuentro. No obstante, nos han regalado historias únicas.

Un checoslovaco decidió definir una Eurocopa en 1976 de forma tan impensada que para siempre esa manera de impactar el balón llevará su apellido. Otros valientes siguieron su ejemplo, como el calvo diez francés que se retiró de su Selección anotando un penal hermoso, acaso de los más bellos —lamentablemente decidió que aquel encuentro pase al recuerdo por su cabeza, y no sus pies. Pero no todas las vaselinas acarician la red, están los genios que aún la intentaron pero fallaron: Eric Cantona, cuando los televisores todavía mostraban imágenes en blanco y negro, y antes de ser rojo en Manchester, lo supo bien.

Están los que deciden que la pelea no sean entre dos e integran a un compañero: lejos de ser cobardes, suelen ser valientes muestras de fútbol. El innovador, cuando no, fue un holandés que nos legó más de lo que merecemos. Cruyff y Olsen dejaron pintado al arquero, aunque no parecían pintores, sino albañiles. Años más tarde, en Londres, ciudad obrera, un francés intentó lo mismo: pero no era albañil, sino mosquetero. Tal vez por eso no le salió y el ridículo sólo se tapó por tantos magnánimos goles. Pero tiempo después, un extraterrestre que dice ser argentino y juega en Cataluña, le hizo honor al único holandés albañil.

Los penales no son una ciencia, aunque algunos lo estudian. Otros, se copian. Un alemán, alentado porque estaba en su casa, se ayudó con un papelito para el llanto de tantos argentinos. Pocos suelen utilizar la psicología, como aquel holandés tan ambiguo que, a falta de segundos para finalizar el partido y comenzar la tanda, puso al gigante que hasta nombre de ogro tiene —Krul— para atemorizar a los costarricenses…no puedo decir que le haya ido mal.

Incluso en el clásico más importante de América dos arqueros quedarán en la historia. Uno de cada lado, los dos igualmente importantes. Uno vestía de negro y gracias a sus manos, Boca salió campeón. El otro, de verde, y con su palma comenzó a tomar revancha.

En Brasil, un joven al que borraban de sus camisetas terminó haciendo gritar a millones de personas y eliminando un fantasma de más de cincuenta años sólo con un penal. Pero no siempre los buenos convierten, tal es así que los dos más grandes argentinos del balompié han sabido perder en este reto de dos: a uno, allá por el comienzo de los noventa, lo salvó más tarde su arquero —otro experto de la pena máxima—, pero el joven muchachito, aunque muy barbudo, poco suertudo: no tuvo ningún salvador.

De errar y meter, todos los penales. Pocos son para recordar y menos para récords. Un argentino y un paraguayo saben de esto: el primero por errarlos y el otro, aunque debe evitarlos, por meterlos. Avezado el delantero, quedó loco errando tres penales. Loco, pero de festejo, quedó el arquero paraguayo que convirtió tres en un mismo partido, para verse así en un libro de récords.

Estados Unidos e Italia, cuatro años de diferencia y un par de finales. Dos equipos con vestimenta azul terminarían segundos. Ambos por un penal. Coincidencias vanas, sólo fueron suerte: no como los penales.


gon

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