CRUYFF, EL JUGADOR TOTAL

IMPORTANTE: Este artículo pertenece a El Gráfico, y salió en la edición  N°4 de”El Gráfico y el Mundial” – Abril de 1994; páginas 40, 41, 42, 43.
Fue escrito por Julio César Pasquato (JUVENAL), y nosotros lo hemos transcrito con suma fidelidad —es decir, si encuentran errores no son de tipeo.

Conductor y arquetipo de un conjunto holandés que dejó su marca indeleble en la historia de las Copas del Mundo. Su fútbol llenaba toda la cancha.

Hace un cuarto de siglo surgía en el fútbol internacional la figura delgada, fibrosa, eléctrica y nerviosa de un holandés de afilado perfil que se llamaba Johann Cruyff. Su equipo, el Ajax de Amsterdam, había alcanzado la final de la Copa Europea de Clubes Campeones luego de haber conquistado el campeonato holandés tres temporadas consecutivas: 1965-66, 1966-67 Y 1967-68.

El cuadro de Cruyff perdió esa final de 1969 frente al experimentado Milan de Italia. Pero dos años más tarde, en 1971, el Ajax demostró que había aprendido la lección y se consagró Campeón de Europa al vencer en la final al Panathinaikos de Grecia. En 1972 repitió su conquista derrotando en la lucha decisiva al Inter de Milan por 2-0, con dos impactos de su centro delantero y conductor Johann Cruyff, la nueva estrella del firmamento europeo.

En la huella del ídolo

Ya era el mejor delantero de Europa para la crítica especializada. En su infancia de pobre pibe, Johann había soñado con seguir los pasos de su ídolo, el gran Alfredo Di Stéfano, y estaba firmemente encaminado hacia el logro de ese ambicioso objetivo. Había conquistado dos veces la Copa Europea de Campeones y fue consagrado el Jugador del Año 1971, para obtener el trofeo creado por la prestigiosa revista FRANCE FOOTBALL dos veces más -1973 y 1974- y batir así el record del mismísimo Alfredo Di Stéfano.

En 1972 alcanzó otra consagración: la Copa Intercontinental con el Ajax luego de enfrentar en dos finales al Campeón de América, Independiente. En Avellaneda, el cuadro holandés asumió la actitud especulativa de los visitantes y consiguió un empate. Cruyff convirtió el único gol del Campeón de Europa, partiendo en contraataque desde más abajo de la media cancha para colocar un remate bombeado, de admirable precisión por encima del arquero Santoro. En Amsterdam, el Ajax liquidó al once argentino con un demoledor 3-0. Y aunque no hubo goles de Cruyff esa noche, la esplendidez de su fútbol total cubrió la cancha y dos impecables pelotazos suyos, cruzados desde la izquierda, dejaron sólo a su compañero Rep con el arquero para marcar los dos últimos tantos.

Su estilo de juego tenía la gran similitud con el de La Saeta Rubia en su época de esplendor, cuando era el comandante en jefe y soldado raso del Real Madrid penta-campeón de Europa de los años cincuenta. Su zona de influencia iba de arco a arca y de un lateral al otro, en permanente despliegue de energías, dinámico, clarividente, vital y certero, tan veloz como apasionado.

VERDULERO Y APRENDIZ DE CRACK

Johann había conseguido todo eso ganándole a una infancia triste y dura. Nació en un barrio pobre de Amsterdam el 25 de abril de 1947, justamente cuando Di Stéfano iniciaba su triunfal trayectoria con la primera división de River Plate. Su padre tenía allí un pequeño negocio de frutería en el que trabajaban Johann y su hermano Henry. Tenía 13 años cuando falleció su padre y para que el grupo familiar pudiera subsistir, logró que el Ajax pusiera la cantina del club a cargo de su madre.

Johann se había alistado en los equipos infantiles del Ajax a la temprana edad de ocho años y a la edad de 16, se encontró con alguien que iba a marcar definitivamente su destino. Era Rinus Michel, un entrenador que había sido centro delantero del club varios años antes y que adivinó en Cruyff, escondido detrás de su físico debilucho, un temperamento ganador, la velocidad mental, el don de mando que todo técnico sueña para tener a su “otro yo” dentro del campo de juego, durante el partido mismo.

En la temporada 1964-65 ya estaba jugando en primera. Tenía sólo 19 años y de inmediato lo convocaron para integrar la Selección de Holanda.

Su debut internacional fue desastroso: lo expulsaron por aplicarle un puñetazo al árbitro alemán Rudi Glockner. Su elevado talento de jugador corría parejo con su inestable control emocional…

EN 1974, EL FUEGO NARANJA

El mal recuerdo de ese aciago debut quedó atrás. Diez años más tarde, en el Mundial de Alemania 1974, hizo flamear a lo largo de siete encuentros el fuego naranja de las casacas holandesas y de su fútbol revolucionario. Con algunas performances, como la que realizó ante Argentina en Gelsenkirchen, con un juego espectacular y dos goles de notable calidad.

Holanda fue la revelación de la Copa y Johan Cruyff, el Jugaor Total que dirigía el Fútbol Total desplegado por su equipo. A manera de su ídolo Di Stéfano, Johann ordenaba jugadas, indicaba posiciones pero al mismo tiempo, corría más que ninguno.

Sus ideas sobre el juego eran diáfanas, absolutamente desprovisas de sostificación o misterio: “Holanda no tiene un sistema de juego. Tiene vaios y los aplica según las necesiidades del partido. Nos importa saber cómo juega el adversario, sus puntos fuertes y sus flancos débiles. Pero sobre todo nos interesa saber qué somos capaces de hacer nosotros para preocupar y complicar al adversario. Cada jugador holandés sabe lo que tiene que hacer en cada situación del juego, atrás, en el medio o adelante. Jugamos con entera libertad. Pero nunca nos sentimos más libres que cuando estamos haciendo algo a favor del conjunto…”

En la final de esa Copa del Mundo, pese a la derrota ante el dueño de casa, quedó probada la importancia de Cruyff para su equipo y para su oponente.

Helmut Schön, técnico alemán, le destinó marca personal del implacable Bertie Vogs para seguirlo por todo el terreno y borrarlo, sabiendo que de esa forma le quitaba a Holanda su fuente de inspiración. Bastó, sin embargo, una genialidad de Johann para poner al borde del fracaso al plan anti-Cruyff urdido por el alto mando alemán. Se quedó como último hombre, la pidió, arrancó lentamente, picó de pronto, frenó, cambio de ritmo -su gran especialidad- y se fue entre Vogts y Hoeness, obligando al penal. Antes del minuto de juego, Holanda supo sentirse dueña de la corona mundial.

Finalmente se impuso la potencia del cuadro que capitaneaba Franz Beckenbauer. Pero Cruyff y Holanda quedó para siempre en los anales del fútbol, como una de las grandes lecciones de la Copa del Mundo.


cruf

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