CONFUNDIMOS ESENCIA CON AUTENTICIDAD

Colaboración de Álex Couto Lago (@AlexCoutoLago)


Las redes sociales han desvirtuado el valor de la palabra “esencia”. Su uso abusivo ha llevado a que su significado deje de tener el sentido literal: “Conjunto de características permanentes e invariables que determinan la naturaleza de un ser”, para ser un recurso fácil en momentos de cierta emotividad.

Me preguntaban ayer sobre mis sensaciones en relación al fútbol argentino, a cómo lo percibo desde la distancia y a cómo lo evalúo en relación a su trascendencia pasada y su potencial impacto futuro. Y la palabra esencia entró de lleno en mis primeros pensamientos, para desecharla en el acto, dado su actual carácter superficial.

Hoy la esencia no me sirve y menos para tratar un tema del calado del que estamos valorando. Solo desde la autenticidad se puede hacer un chequeo profundo de un fútbol que se ha caracterizado por su inmenso patrimonio cultural, su inmensa herencia y su tremendo valor social. El fútbol argentino es de una profundidad emotiva y de un valor comunitario sin parangón en la historia del fútbol. No voy a tirar flores, ni a regalar elogios porque sí, voy a centrar los temas a tratar, dejando claro que al igual que hay luz y un inmenso y profundo legado histórico, hay sombras y oscuridades insondables susceptibles de ser olvidadas y algunas tratadas con inmediatez para evitar su enquistamiento. Cierto es que hablo desde la distancia pero hablo desde el respeto que me merece el valor coyuntural que ofrece un fútbol enriquecido en la fuerza socializadora de un pueblo.

Cuando evoco mis primeros recuerdos del fútbol argentino tengo que retrotraerme a la peluquería que regentaba mi padre en Montevideo, la peluquería Buenos Aires, ya el nombre era premonitorio. Situada en las calles Florida y San José de la capital uruguaya, era centro de debate continuo del fútbol de la época y yo como niño vivía la eventualidad de mis visitas entre dos aguas, por un lado el fútbol uruguayo en un blanco y negro preocupante, dado el colorido sin igual de un tricolor inspirador y un aurinegro inquietante en el foro de mi familia y el cromatismo que las revistas de El Gráfico dejaban en la impresionable visión de un niño que empezaba a conocer quién era Rácing, River, Boca o San Lorenzo. Siempre tuve debilidad por la albiceleste de Rácing, sin conocer a sus jugadores, ni su historia, ni siquiera su nefasta influencia en la época gloriosa de un Nacional que era referencia obligada en nuestra mesa de debate. El color de los equipos argentinos dejaron en mi memoria el sabor de lo imperecedero de la niñez y con los años ahondaron en la curiosidad por conocer quiénes eran los protagonistas de tales épicas futbolísticas.

De mayor el fútbol argentino tomó otro cariz, el de los grandes personajes. Di Stefano y su influencia manifiesta en el Real Madrid y la figura paternal de Pedernera las conocí tardíamente pero la presencia de Kempes siempre me acompañó en mi itinerario futbolístico. Fue el Matador quien me llevó a investigar en el significado de un seleccionado argentino que vivía en la dicotomía de la gloria deportiva contrastada con el dolor nacional de un momento histórico tremendamente angustioso. Con Fillol, Olguín, Galván, Passarella, Tarantini, Gallego, Ardiles, Ortíz, Kempes, Houseman y Luque, conocí los primeros entresijos de un fútbol argentino que elevaba al mundo el fútbol champán de su mentor para hacerlo gloriosamente eterno. Argentina regalaba al mundo un estilo de fútbol y la impronta de cómo contarlo.

Porque ese es el gran valor del fútbol argentino. Su juego, dicotómico, desde el floreo del artista hasta el pragmatismo del “a puro huevo” se mueve una diversidad que se encuentra siempre en la mesa del café, en la discusión, en la charla, en la risa, en la controversia de la opinión divergente. Y ahí es donde ustedes, compañeros argentinos, tienen lo que no tuvo nadie. Hablar de la difusión futbolística es hacer mención obligada de Borocotó, de Panzeri, de Juvenal, del Negro Fontanarrosa, el recientemente fallecido Diego Bonadeo, Alejandro Apo, los relatores de episodios inolvidables como Víctor Hugo Morales o los mentores por excelencia de la fábula futbolística, de la filosofía cotidiana de quien gusta de vivir la emotividad del fútbol desde el cuento, desde la fina pluma del soñador que comparte, como Eduardo Sacheri o mi bien querido Ariel Scher, sin olvidar de quien hace un 100×100 fútbol que trasciende al tiempo, Diego Borinsky.

La sociabilidad del fútbol es patrimonio exclusivo de la argentinidad futbolística. La visita, el juntarse, el sentir el valor de pertenencia y defenderlo a costa de la risa o la burla, todo eso es referencia obligada que contrasta con una realidad incomprensible, el fútbol en el estadio es sinónimo de ausencias. Sí, ausencias de los visitantes, ausencia de tranquilidad, ausencia de rigor en el civismo, ausencia de seguridad y ausencia de autenticidad. Es doloroso ver cómo desde el café, desde la sobremesa de los infinitos asados que cada fin de semana celebra toda la Argentina, se vive el fútbol desde una cordialidad que contrasta con la fiereza que se manifiesta en el templo del juego, el estadio. El dominio de la incoherente ignorancia de la dominancia intransigente ha hecho que el fútbol se aleje de la gente justo en el lugar donde debería reinar la concordia, el campo de juego que ofrece el espectáculo para vivirlo desde la diplomacia de quien ejerce de anfitrión y desde la cortesía de quien viene de visita a casa ajena. Pero no, el visitante se queda en su lugar de origen y solo puede vivir el fútbol desde la distancia. Consecuencia; campos semivacíos, falta de ambiente, ausencia de negocios alternativos, ausencia de enriquecimiento cultural, social y económico. ¿Cómo se puede vender una liga que no garantiza la seguridad mínima a sus potenciales y más importantes clientes, quienes asisten en directo al evento?

Pero el fútbol argentino tiene guardadas dos joyas. Por un lado sus futbolistas. Argentina es el principal exportador de talento futbolístico del mundo. Por otro lado sus futuras estrellas. Argentina es capaz de generar valor en un porcentaje inusual de jóvenes jugadores para llegar al fútbol profesional. Formación y profesionalismo gestados desde la dinámica de lo impensado, el juego. Pero como todo, el tiempo desvirtúa conceptos y dónde antes había habilidad de potrero, ahora hay fuerza explosiva adquirida a base de entrenamientos enfocados a tal fin, hay playa y montaña y la aplicación de técnicas de preparación que se alejan de la normalidad del juego. Pero a su pesar, sorteando los cientos de lesiones musculares ocasionadas por tal tesitura, siempre se impone la impronta del jugador que con la pelota entiende lo que percibe, interpreta lo que sucede a su alrededor y ejecuta en función de la realidad que lo condiciona, la inmediatez de la inconsciencia, para regalar lo más excelso del fútbol, la creatividad individual sostenida dentro de la argumentación colectiva. Y a pesar de la metodología, a pesar del impacto equivocado de lo condicional, todo parte desde el cerebro, desde lo cognitivo, para acondicionar el cuerpo a la pelota, al espacio, al adversario y a la circunstancia y desde ahí, al más absoluto regalo que deja el fútbol, la improvisación de lo inmediato.

Es ahí donde brilló Maradona, anteriormente Corbatta, dónde Bochini edificó su feligresía, El Beto Alonso culminó su obra o dónde Riquelme pontificó su propuesta única. Y como la modernidad obliga a adaptarse a los tiempos, los niños se fueron del país creyendo ser únicos para formarse lejos de la realidad de la patria, perdiendo el sentido de identidad inmediato que se gana en la infancia para construirlo de la mejor manera posible cuando de adulto asume la conciencia de su condición. Y así Messi se convirtió en referencia obligada, en el mejor jugador, formado en una filosofía extranjera que potenció su valía y lo relacionó con la parte científica del deporte para elevarlo a la sublimación de la sistematización colectiva de un complejo mar de interrelaciones. Y claro, Messi vivió con Xavi, con Iniesta, con chicos que como él mamaron una leche distinta a la habitual y con ellos sublimó un fútbol que no es capaz de transferir a su lugar de origen. Pero a pesar de ello, llevó a Argentina a cotas que parecen incompletas, quizás el paso del tiempo las pondere debidamente.

Y ahora se vive en la incertidumbre de volver a encontrarse, a quererse, a sentirse como antes. Quizás lo logren, quizás deban adoptar medidas que permitan que su fútbol vuelva a socializarse debidamente, que su competición se regule desde el sentido común, que la formación se imponga a la deformación paulatina de los valores y de los contenidos fundamentales. Quizás deban reflexionar y tratar de remar hacia un mismo destino, sin olvidar que junto a Messi, hay muchos que entienden, que saben y que sienten como antes lo hicieron sus padres y abuelos. Entenderse con una pelota entre los pies no debería ser un problema. Comprender que la comunicación es la base fundamental del fútbol es asumir que con el cuchillo entre los dientes se puede jugar un rato, pero sabedores que es imposible comunicarse con la boca apretada. Jugar para competir. Facilitar el acceso al juego, al espectáculo a la gente que acuda al estadio, comprender los nuevos tiempos y volverlo a contar como nunca.

Hay miles de niños, que como yo en su momento, estarán esperando a ojear las páginas coloreadas de las revistas, digitales hoy día, para empezar a preguntarse qué significan los colores, las divisas, los motes y sobrenombres de tantos clubs históricos, para dejar que su mente divague y encuentre cómo ustedes cuentan el fútbol como nadie, cómo lo escriben, cómo lo legitiman desde el argumento, cómo lo comparten y cómo lo subliman.

Sólo me queda apelar al tango, ¡cómo no!, para decirles que: “Pero como vos ninguna, mi amor”.

Sigan regalándonos diversidad, permítannos visitarlos, acudir y sentir el temblor de la Bombonera, las sensaciones del Gigante de Arroyito, la mística del Cilindro de la Academia. Sigan fomentando la cultura futbolística y que el espíritu de Fontanarrosa, en todo su ámbito, perdure para siempre. Sigan…

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