LA CULTURA DEL TRABAJO

JUAN DAVID WASLET

Eduardo Galeano, quien se definió como un mendigo de buen fútbol, habló un día de su primera expulsión. En la escuela, luego de que su maestra le explicara que un conquistador, el español Balboa, había sido quien había observado el Pacífico y el Atlántico en simultáneo por primera vez, él preguntó si los “indios” eran ciegos. Afuera de la clase.

Hay mensajes que se reproducen permanentemente por aparatos que resultan invencibles. Porque no sólo el aparato mediático construye y deshace a gusto y paladar, sino que —también—es la educación formal la que elabora juicios y los sostiene como bandera. La cultura del trabajo es uno de esos factores, punta de flecha para diferenciar, separar, individualizar y luego intervenir con absoluta legitimación popular.

En ese complejo entramado, el universo futbolístico presenta desde hace tiempo la separación entre lo que infundadas mayorías decidieron llamar “técnicos trabajadores” y “técnicos que no trabajan, violinistas”. Los primeros, relacionados con la teoría de que el sacrificio todo lo puede y merece —ya veremos qué tipo de sacrificio—; los segundos, acusados de dejar librado todo al supuesto azar del talento. Porque, está claro, el talento no tiene buena fama.

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La diferenciación marca características muy claras. Son distancias que generan la necesidad de ponerse a uno o a otro lado, en esa reduccionista costumbre de confundir dicotomías con ideologías defendidas por sustentos teóricos y prácticos. A veces me pregunto si los dueños de estos mensajes disfrutan de este juego en todas sus dimensiones. Siento muchísimo temor al pensar que quizás no lo hacen, que quizás se pierden las obras más profundas, las manifestaciones artísticas más hermosas que nacen cuando los futbolistas y el balón actúan con un mutualismo sin parangón.

Entonces, quieren hacernos creer que es una cosa o la otra. Que el mérito es de quien trabaja, del técnico trabajador, del técnico que no se amiga con el desarrollo individual en función de un rendimiento colectivo, sino que prefiere el esfuerzo, el arribo a los límites físicos casi inalcanzables. Porque claro, quien no lo hace, seguramente no pretende el triunfo, esa venda que enceguece cada día un poco más.

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No obstantes los discursos establecidos, la práctica desvanece la teoría. Se caen las palabras cuando la pelota comienza a rodar y las acciones comienzan a hablar por sí mismas.

Los equipos de los “técnicos que trabajan” suelen presentar similitudes verdaderamente representativas. Los marcadores tradicionales toman el balón con sus manos y mueven la cabeza hacia cada lado, buscando respuestas para poder entregársela a un compañero; no hay nada, así que la salida será para el delantero central, de espaldas, contra un marcador que se frota las manos ante la facilidad que le proporcionan. Los marcadores centrales tienen registrada, como primera y —casi— única opción el hecho de jugar largo y frontal para sacarse la responsabilidad de encima, creyendo que saltear líneas de esa manera es más práctico, más veloz, más preciso y menos problemático; quizás el número nueve jamás les contó que está agotado de chocar con el defensor rival, que le duele el cuerpo, que pierde claridad para resolver cuando la tiene, que quien lo marca se hace una fiesta en cercanías del área mientras su gente lo aplaude con la frente en alto. Los arqueros no son oportunidad constante de salida, sino que permanecen como angustiados en su territorio, un espacio cerrado, presos de ideas temerosas; es que parecen no darse cuenta de que sus posibilidades de juego brindan superioridad numérica, facilitadora total en la posesión y la elaboración. La mayoría de los tiros libres que merodean la línea divisoria caen al área, con un extenso recorrido, regalo de navidad para el tiempo que puede tomarse el portero, para que los defensores aprovechen la impunidad que les da ese condominio y las chances de llegar al gol se reduzcan al mínimo. ¿Eso es trabajar? ¿Se trabaja conceptualizando mezquindad sobre los protagonistas, reduciendo el campo de acción ideológico y de ejecución porque en verdad hacer otra cosa no está bien visto?

Mientras tanto, mirar a los “técnicos que no trabajan, violinistas”, también ofrece un abanico rápidamente identificable. Los movimientos de todos los intérpretes se adaptan a la salida desde un costado de la cancha, con las manos; ¿cómo es posible que para muchos un saque de manos, donde el balón les pertenece, represente un regalo al oponente? Los marcadores centrales se toman un tiempo para resolver y encontrar pasillos internos para progresar en el campo, romper primeras líneas de marca y clarificar el juego colectivo; así, la superioridad numérica es una constante, los controles orientados de los volantes propician la ruptura externa de quienes suben por las bandas, las defensas opuestas retroceden, el dueño de la pelota decide. Los arqueros se deslizan lateralmente ofreciendo pase una y otra vez; se generan dos-uno (2-1) siempre, forman parte de un funcionamiento que los responsabiliza mucho más con el juego, son nada más y nada menos que los iniciadores de un proceso colectivo en el que cada pieza es independientemente libre de acción, pero bajo una idea que contempla la interpretación madre. Los arquitectos de los últimos metros sienten menos el asedio de las modernas marcas, intensas como nunca antes, porque disminuyen los tiempos de posesión, con rotación permanente y movimientos que impulsan el hecho de ser veloces y precisos. La tengo, ya no la tengo más, porque no hay distancias entre líneas, porque tengo compañeros que circulan tanto como yo y porque las opciones de entrega tanto escuetas como profundas son infinitas. ¿Estos son los técnicos a los que no les gusta tanto el trabajo? ¿Estos son los técnicos violinistas? Pues prefiero una de Garret.

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El trabajo que pintan de pies a cabeza usa corbata a la moda. Viste de traje. Conserva los discursos políticamente correctos más sutiles que se puedan escuchar. Señalan, incluso, lo que se debe y no se debe hacer. Consideran, además, entre números abióticos, que sólo aquello a lo que denominan “sacrificio” es digno de toda tarea llevada a cabo en función de la victoria. Porque esforzarse, parece, no se trata de buscar alternativas de juego, de reinventarse, de ser superiores desde la concepción colectiva con un eje central que determine los pasos a seguir. ¿Creerán que ir al piso a buscar una pelota, incluso sin darse cuenta de que eso representa una notable falta de interpretación tiempista de una jugada, representa mayor sacrificio que proponerse elaborar a lo largo y a lo ancho de todo un partido?

Es preferible ser expulsado del aula, como Eduardo.

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