CARLOS IV: TÉVEZ, EL REY DEL SUPERCLÁSICO

LUCIO STORTONI RUIZ

“Al fútbol siempre debe jugarse de manera atractiva, debes jugar de manera ofensiva, debe ser un espectáculo”

Johan Cruyff

Eran las cinco de la tarde en Buenos Aires, el sol estaba a pleno y el estadio Monumental abarrotado. No cabía ni un alfiler. La expectativa de la gente al máximo, como de costumbre en estos partidos, con cantos a favor del equipo propio y burlas para el eterno rival, aunque éstas son abstractas puesto que en Argentina no hay público visitante desde hace años. Mientras tanto los locales se preparan para invadir el terreno de juego. Entra River Plate, los hinchas enloquecen en un recibimiento espectacular donde se puede ver la emoción de los jugadores, especialmente de uno de ellos: Andrés D´Alessandro, quien seguramente estará jugando su último superclásico. Minutos después sale Boca Juniors y sus futbolistas dan un aplauso simbólico hacia gente que no está por culpa de la impericia dirigencial imperante en el fútbol argentino.

Pero nada de eso importa, en la cancha eran veintidós jugadores, once vestidos de azul y amarillo y otros tantos de blanco con una franja roja que, como reza el himno, les cruza el alma. Se escucha el pitido inicial y rápidamente los locales congenian una buena jugada combinada que no genera problemas. Desde ahí se lo nota muy superior a Boca, que siendo once contra el mundo se supo imponer ante un comienzo timorato de River, aunque hay que aclarar que esta imposición estaba sustentada en un hombre: Carlos Tévez.

Desde el comienzo se podía vislumbrar a la mejor versión del Apache, que cuando llegó al país consiguió sacar campeón a su equipo de la Liga y la Copa siendo una pieza fundamental, aunque luego entró en un largo bache que duró hasta hace pocas semanas donde con la vuelta de Gago empezó a recuperar su nivel. Pero esta tarde no lo recuperó, lo superó. El diez xeneize estaba rápido física y mentalmente e hizo un fútbol que la defensa local nunca supo contrarrestar. Por instancias parecía que Tévez jugaba en otra sintonía, como si la defensa riverplatense contaba con jugadores novatos y se estaban enfrentando a un extraterrestre que vino de otro planeta para enseñar a jugar este deporte. La diferencia era abismal, y si bien no fue constante, en cada destello se podía notar cómo la luz que emanaba el diez era mucho más intensa que la del resto de los futbolistas. De esta manera consiguió el primer gol: toma el balón muy lejos de la portería, evade a los rivales y filtra un pase entre tres rivales que no lo pueden interceptar. Y aquí me detengo porque éste será el primer de los muchos dolores de cabeza que le dará la defensa de River a su gente. Los millonarios estuvieron muy flojos atrás y las actuaciones de sus futbolistas dieron mucho que desear. A Arturo Mina se lo notó muy descolocado en cada situación y fue incapaz de brindarle tranquilidad a Olivera, que solo tiene diez y ocho años y cuenta con muy pocos partidos en Primera División.

Por otro lado dejar pensar y jugar a Carlos Tévez fue un error incomprensible, y Leonardo Ponzio fue uno de los grandes responsables. Nunca lo pudo parar ni contrarrestar. La figura del mejor Tévez fue demasiado para él que intentó todo: tomarlo de la camiseta, esperarlo frente a frente, e ir a cortarlo. Pero nada sirvió, el diez era demasiado. Pero para suerte de los riverplatenses desde el gol de Boca algo pasó, hubo otra luz que se estaba iluminando con cada vez mayor intensidad, se trataba de Andrés D´Alessandro. El veintidós millonario estaba libre, no jugaba por la derecha como lo hizo casi siempre desde su regreso. En este caso flotaba desde el medio hacia la zona que él creía oportuna y así le otorgó a River Plate el motor que necesitaba para volver en sí y tener chances de ganar: el pase. Cada vez que el enganche frenaba y pensaba, el equipo aceleraba. Daba una fluidez pocas veces vista que se consolidó a partir del minuto veinticinco, donde el árbitro ordena un minuto para refrescarse. Ese instante marcó un antes y un después, pasó de ser el partido de Boca al partido de River. Pasó de ser el día de Tévez al día de D´Alessandro. Cuando termina el primer tiempo el marcador iba 2-1 y ya se podía apreciar que estábamos ante los mejores cuarenta y cinco minutos que se ven en un superclásico desde hace mucho tiempo. La clave fue que en diferencia a ocasiones anteriores este domingo no importó friccionar, importó jugar. Por este motivo Ponzio, quien pasó de ser suplente a ídolo por las actuaciones en los partidos ante Boca en la Copa Sudamericana y Libertadores hoy fue un actor de reparto sin ninguna trascendencia positiva para su equipo.

Este clásico, para beneficio de todos, fue una excepción. Y en el minuto quince de la segunda mitad ya se podía ver cómo River fallaba ocasiones pero tenía un buen volumen de juego gracias a su enganche. Tévez le había generado un dolor de cabeza en una acción individual donde deja desparramado al cinco millonario y finalmente termina con una atajada de Augusto Batalla ante Pavón. Más allá de este hecho aislado el conjunto local triangulaba y creaba con una facilidad impropia que brindaba D´Alessandro que conseguía contagiar su fútbol a todos sus compañeros. Pasaba, gambetaba y creaba haciendo lo más bello y eficaz que tiene el fútbol: jugar bien. Pero de repente Marcelo Gallardo decidió sacarlo para darle ingreso a Iván Rossi en busca de un mayor control del partido y de Tévez. Probablemente el cambio haya sido con la mente puesta en la final del jueves y en el físico de un futbolista de treinta y cinco años que estaba jugando un partido sin parangón en un contexto que propiciaba la emoción. Cuando sale, se va con la ovación que se merece entre sesenta mil personas que lo rodean en un aplauso que representa el abrazo del hincha: “gracias por hacerme presenciar esto, Cabezón”, debían estar pensando cada uno de los fanas riverplatenses allí presentes.

“Un partido está lleno de mini partidos” es una frase que se dice con frecuencia y aquí se vio con una claridad abrumadora. Desde el cambio, volvió a ser el partido de Tévez. Desde el minuto quince de la segunda mitad había solo una luz que brillaba en el césped y era la del Apache, que aprovechándose de un error del recién ingresado y una acrobática habilitación de chilena  de un compañero consiguió tomar ventaja del error de Batalla para dar el empate. Ya era otra vez su partido y de aquí en adelante nada pasó, hasta que volvió a pasar él. En el minuto ochenta y uno clavó un golazo irrepetible para enmudecer a todo el estadio. Carlos Tévez, quien había declarado previo al encuentro que “tenía la deuda pendiente de no jugar bien los superclásicos”, se había consagrado definitivamente entre los mejores futbolistas en jugar uno. En una línea de un párrafo anterior escribí que eran once futbolistas de Boca contra el mundo, pero al final fue Tévez contra el mundo. Él solo con su fuerza, sus regates, sus pases y sus goles fue capaz de vencer a todo el equipo rival que se quedó sin respuesta ante una lectura y un juego que por momentos parecían dignos de uno de los mejores futbolistas del planeta en su mejor momento. Este nivel suyo sólo se había apreciado cuando Gago brillaba, pero hoy el cinco boquense se vio maniatado ante el enganche rival y pasó desapercibido durante casi todo el encuentro. Pero Carlitos no, él jugó uno de sus mejores partidos desde el regreso a Boca y calló las voces de todos sus detractores para inventar un grito de gol en cada hincha que siente los colores azul y amarillo alrededor del mundo. Porque la luz de Tévez fue una de las más fuertes jamás vistas en uno de los mejores superclásicos de los últimos tiempos.

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