LA BELLEZA MORAL DEL FÚTBOL O GUARDIOLA

GONZALO GARCÍA


“Los cuadernos de Valdano” (1997), fue un libro escrito por el ex-jugador y campeón del mundo. Tiene como peculiaridad la disposición de sus textos, pues realiza pequeñas anotaciones, casi a modo de borradores para que no ocupen más de una carilla. Utiliza como puntapié inicial la Eurocopa de 1996 disputada en Inglaterra. Entre las páginas 140 y 141 escribe sobre un jugador llamado Josep Guardiola. En ese entonces, Pep tenía alrededor de veinticinco años y había debutado un lustro atrás en F.C. Barcelona.

A continuación, las palabras de Valdano:

LA BELLEZA MORAL DEL FÚTBOL O GUARDIOLA

Debe de ser difícil y hermoso ser algo más que un jugador en un club que es algo más que un club. Guardiola lo es, lo sabe y le gusta; se le nota en el gesto apasionado, en la inteligente sensualidad de cada toque, en su innegociable idea de juego, en el compromiso de sus declaraciones. El periodista Antonio Pippo escribió un hermoso libro sobre Obdulio Varela, el mítico medio centro uruguayo, y cuando quiere encontrarle el alma al misterio del fútbol uruguayo la encuentra en Juan Pintos: “Aquel mortífero puntero izquierdo de la Selección, que jugando a los cuarenta en un pueblecito del Interior, cobraba en kilos de carne por partido”. Evoco la pureza de la anécdota porque también hay algo de ingenuidad en la rabia competitiva de Guardiola; a su juego se le nota el orgullo del barrio, se le adivina la ética de querer ganar mereciéndolo, se le descubre la infancia rebelde a la derrota, se le asoma el bocadillo en el bolso, se le notan, en fin, las ganas de que sea domingo otra vez (siempre domingo) para jugar el partido soñado mil veces en la interminable espera. El individualismo, cada día más castigado por aquellos entrenadores que no saben respetar la diferencia, tiende a desaparecer. Se tienden al colectivismo, que consiste en convertir la excelencia en una pieza del gran mecano que es el equipo. Guardiola no se deja. El medio centro debe ser el jugador que pone la casa en orden. Si tiene la categoría (humana y futbolística), como Pep, la casa la amueblará él: si sus condiciones son blandas (me sobran los ejemplos), tarde o temprano hará lo que le manden y aunque se disfrace de organizador sólo será el encargado de hacer la limpieza.

Para seguir con Uruguay, cuentan que cuando Tito Borjas le dio el pase de gol a Héctor Scarone, no le dijo “¡tuya, Héctor!”, sino “¡suya, Héctor!”, porque el respeto era demasiado. Como el que yo le tengo a Guardiola: suya, Josep.

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