GARRAFA SÁNCHEZ: VIVIR LIBRE O NADA

GONZALO GARCÍA


“GARRAFA ESTÁ EN ESA SERIE DE RETRATOS QUE UNO TIENE DE LAS PERSONAS QUE NOS HAN DADO UN POCO DE FELICIDAD”

ALEJANDRO DOLINA


Se llamaba José Luis Sanchez, pero sería un pecado no llamarlo Garrafa. Esta es la vida de un muchacho que jugaba al fútbol, pues ponerle el mote de futbolista sería no entender su historia.

Jugador de barrio, de potrero argentino. Guapo sin la pelota, pero mucho más cuando la tenía en los pies; porque la llevaba pegada en la suela izquierda, y cuando la debía soltar, entraba en pánico de que no se la devuelvan. No nació para ser jugador de rol o cumplir órdenes tácticas, no era futbolista. Quería tener la pelota, jugar con ella y divertirse.

De familia humilde, con padre garrafero. Hincha de Laferrere, donde se inició y terminó su carrera. Le gustaba jugar a las bochas con los ancianos antes de ir a entrenar, incluso era feliz cuando les ganaba. Aprendió del fútbol en las canchas de Buenos Aires. Como tantos otros, concibió su técnica de penales en los torneos que se realizaban por dinero. Se hizo un especialista. Carrera larga, frenarse antes de patear y mirar al arquero: siempre al otro palo, es gol asegurado. Los periodistas decían que él lo hacía para comer, pero realmente sólo lo hacía porque le justaba jugar.

Estuvo cerca de haber jugado en el Boca de Carlos Bilardo, donde pudo haber cambiado su vida y estas líneas quedarían inertes, pero el entrenador desestimó su llegada por la única razón de que iba a entrenar en moto. También estuvo cerca de jugar en River Plate, pero por otros inconvenientes no pudo ser. Garrafa, estaba destinado a ser el ídolo de los barrios bajos.

Era garrafero, pero dentro de la cancha su oficio era la fontanería. Disfrutaba tanto de tirar un caño o una finta como realizar un gol, no obstante, su pasión era dar asistencias.

Son pocos quienes pueden tratar a la pelota como ella lo merece, cuidándola de los que intentan golpearla, de aquellos que no saben valorarla. Sí, estoy dándole vida a un objeto, porque el fútbol sin balón no sería nada. Lo mismo hacía Garrafa.

Insolente, pero de buen corazón. Su próximo club fue El Porvenir, donde llegó de una manera bastante peculiar. “Quédense tranquilos, que el próximo partido juego yo y le ganamos a estos putos”, dijo Sanchez a sus compañeros de Laferrere luego de perder dos a cero en la ida de una semifinal por el ascenso, contra El Porvenir. El presidente de su rival lo escuchó y no se quedó callado. Pasó el tiempo, y antes de la revancha, Garrafa redobló la apuesta: “Te hago tres goles y te dejo afuera”, dijo. Llegó el primero, luego el segundo y ahí le recordó a su rival: “falta uno”, pocos minutos después, ya lo había marcado. Laferrere no pudo pasar de ronda, pues el rival anotó un gol. ¿Cómo terminó la faena? El presidente de El Porvenir le dijo “El año que viene vas a jugar conmigo”. Así fue.

En Gerli estuvo dos temporadas. En la primera logró el ascenso a la B Nacional y en la siguiente, perdió la semifinal para ascender a Primera.

Garrafa no sólo era potrero en el campo de juego, sino también en su vida cotidiana. Como en la previa de aquella final, cuando en Pompeya, antes de jugar, pidió dos choripanes. El compañero le dijo que él no quería, mientras el diez respondió que el par era para él solo. Y sí, aquella tarde, otra vez, fue el mejor de la cancha.

Nunca se escondía, y cuando no podía jugar, lloraba. En el último encuentro para ascender con El Porvenir, no pudo jugar por una lesión, y rompió en lágrimas delante del entrenador devenido en portador de malas noticias. El mismo no pudo contenerse, le dio una camiseta y lo puso en los últimos minutos para regalarle una ovación gigante.

Ustedes deben creer que exagero, pues veamos. El Porvenir jugó un amistoso contra el seleccionado argentino, en un partido que terminó, en los papeles, 4:3 a favor de Argentina, pero realmente fue 3:1 para los del ascenso. “Mientras José tuvo aire, ¡el baile que les pegó a los jugadores de la selección…!”, cuentan por ahí. Incluso Marcelo Gallardo, el 10 rival, preguntó “Che, ¿este viejo quién es?”, por Garrafa, que sólo tenía veinticinco años…

En 1999 fue transferido a Bellavista de Uruguay. Sin dudas era un salto de calidad, pero apenas estuvo cuatro meses. Se volvió al enterarse de la enfermedad de su padre, que duró ocho meses —en los cuales dejó el fútbol. Perdió su oportunidad de jugar la Copa Libertadores, y vivió de garrafero. Hasta que llegó un nombre importante en la historia: Oscar “Cachín” Blanco, éste lo llevo a Banfield, que se encontraba en el Nacional B. Logran rápidamente el ascenso a Primera División, con un Garrafa pletórico, siendo factor fundamental tanto en el campeonato como en la recordada final contra Quilmes. Por fin pisaría los campos de primera, aunque seguiría jugando con la desfachatez de siempre.

Luego de cinco años en el Sur, siendo ídolo del Taladro, jugando Copa Libertadores y asentado en la máxima categoría, vuelvo a su lugar en el mundo: Laferrere. “Nunca me besé otra camiseta”, decía jactancioso. Incluso, hay material fílmico del Garrafa dando la vuelta olímpica en Gerli con la camiseta de sus amores.

Pero hay historias que no tienen finales felices. Fue en la tarde del ocho de enero de 2006 cuando le llegó su despedida; sufrió un accidente con su motocicleta, pues le encantaba la velocidad y las dos ruedas. El epicentro, su lugar en el mundo, Laferrere. Tenía 31 años y una vida por delante.

Más allá de la vida y la muerte, las personalidades como la de José Luis Sanchez no mueren aún cuando su cuerpo ya no está. Los recuerdos siempre quedarán, junto con su marca desplegada por ese hilo invisible que forma un triángulo sentimental entre Laferrere, El Porvenir y Banfield.

https://twitter.com/GonzaloyGarcia/status/829820179328688129


− Los datos para realizar este texto fueron en su mayoría extraídos de la película “El Garrafa: una película de fulbo”.

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