¡MENTIRAS!

JUAN DAVID WINSLET

La incorporación contemporánea de las nuevas tecnologías aplicadas decididamente a la generación de discursos mediatizados ha transformado a los canales de comunicación en sostenes de notable repetición. Pero no sólo eso, sino que también esa reiteración se han incrustado definitivamente en prácticas que de esa manera fueron conceptualizadas. La terminología expresada por aquellos enunciadores, en relación con diversos acontecimientos, reincorporó temáticas que –dentro de la agenda dialéctica futbolística- sufrieron una metamorfosis hacia la veracidad. Metamorfosis, está claro, que poco tiene que ver con la evolución.

Dentro del panorama planteado en la lógica establecida dentro de las verdades manifestadas en el ámbito del fútbol, existen muchas que aparecen ante, generalmente, errores deportivos individuales que vuelcan las acciones hacia la instauración de uno u otro resultado. Es decir, conceptos que surgen ante determinaciones dentro de un campo de juego y que, ante numeraciones incompatibles con cada necesidad, coinciden en argumentos de muchos. Lejos de una explicación profunda que contemple tanto las acciones personales como las que responden a una gramática colectiva, las hipótesis carecen de sentido y contribuyen con el decrecimiento del nivel que nos rodea a diario.

En consecuencia, la pregunta fundacional radica en la mayor o menor claridad de esas afirmaciones –o negaciones-. ¿Qué es, verdaderamente, lo que se quiere decir? Repasemos algunas de las expresiones que parecen resolverlo todo pero que, por la contrariedad de su totalidad, no explican absolutamente nada, menos aún ante la imprevisibilidad de cada acción –no obstante los denominadores comunes producto de las tareas llevadas adelante previamente por un grupo de deportistas profesionales-.

¡Para el medio nunca!
Estas palabras suelen amontonarse una y otra vez ante determinadas situaciones de juego. Un lateral ejecutado hacia el centro del campo; un pase desde cualquiera de los laterales para un volante creativo o un marcador central que se muestra como alternativa; un balón enviado sobre el círculo medio por elevación. Ahora bien, ¿siempre surgen esos términos cuando un futbolista decide centralizar la posesión?

Sucederá cuando se pierda la pelota, cuando ya no le pertenezca a quien la tenía originalmente, mucho más si eso genera una situación de peligro en favor de quien aprovechó un conjunto de situaciones para quedársela y acercarse al arco enemigo. Incluso no suele mencionarse tal aclaración si el espacio que se ocupa dentro del campo corresponde al territorio oponente. ¿Entonces?

El fútbol que se desarrolla en las principales potencias europeas contempla permanentemente la idea de centralizar para cambiar el sentido de cada maniobra, para aportar la transición necesaria y progresar hacia la búsqueda del gol, para ocupar un espacio y liberarlo de inmediato y propiciar no sólo el cambio de ritmo con balón dominado, sino también el desorden propio de un equipo rival que además de no tenerla también tiene que correr detrás de ella.

¿No son los equipos animadores de la Champions League los que lo hacen de esa manera? ¿No fue el Lanús de Jorge almirón el que sostuvo una y otra vez esta forma para acceder a levantar más de un trofeo? ¿Verdaderamente puede seguir considerándose esta apreciación sin, cuanto menos, la contextualización propia de todas las variantes con las que cuenta cada momento de un partido? ¿Si Rabiot, Iniesta, Busquets o Weigl se posicionan sobre el medio, con los brazos extendidos y la vista acomodada para el próximo destinatario, no debemos entregarle la pelota?

Los goles que no se hacen en un arco…
La premisa se transformó en verdad en esa relación sistemática de buena parte del mundillo futbolero pretérito y actual. El acercamiento con la superstición, con lo que queda totalmente fuera del control de la teoría y de la práctica suele ser buen remedio para quienes se encuentran plenamente gobernados por la pereza intelectual y funcional. La no respuesta.

En primer lugar, son muchos los factores que inciden para que una pelota pueda o no entrar en un arco. La claridad conceptual al momento de definir; su unidad con la ejecución de tal acción; la respuesta defensiva sobre los límites de la meta; el esfuerzo colectivo de un equipo agrupado afortunadamente en momentos y espacios justos; la respuesta de un arquero capaz de sobreponerse incluso ante definiciones con superioridad numérica. La conversión no tiene solamente relación directa con un factor, con sólo una variante. De ser así, no se trataría de un deporte con individualidades haciendo y formando lo colectivo.

Los impedimentos para la finalización concreta y goleadora de determinadas jugadas no tienen, ni por asomo, consecuencia lógica con lo que pueda suceder con posterioridad. Porque las mismas posibilidades de marcar o no que se produjeron en la primera maniobra ofensiva se repiten en la que la sucede, con todas las chances existentes.

En todo caso, puede explicarse lo que se pretende en relación con acciones del juego, con decisiones tomadas por cada uno de los protagonistas y por el desenvolvimiento colectivo que forma parte de cada jugada dentro de un partido de fútbol. La superstición, como las cruces, no tiene nada por hacer.

No está bien físicamente
La modernidad del fútbol y la evolución que se ha producido en los niveles de preparación física, con la incorporación de elementos jamás pensados ni imaginados, ha conducido a una normalidad y comunidad en diferentes equipos no sólo de un mismo país, sino también del planeta. La posibilidad de acceder a determinado material se ha democratizado, por lo que no existen mayores diferencias entre planteles netamente diversos, técnica y profesionalmente.

La afirmación, como tantas otras, no se sostiene ni en tiempos ni en espacios iguales –ni siquiera similares-. Suele aparecer, sí, cuando un futbolista no llega a determinado balón; cuando el rendimiento de determinado jugador disminuye dentro de un mismo partido; cuando las acciones llevadas a cabo por un mismo intérprete no logran los objetivos de las ideas; cuando un equipo es ampliamente superado, en todos los circuitos del juego, y los ojos se llenan con velocidades más que con razonamientos.

En primer lugar, el cansancio nada tiene que ver con el estado actual de la preparación física. En segundo término, ¿cuáles son las pautas que rigen sobre esa argumentación para apoyarse sobre la hipótesis que asegura que tal deportista o tal equipo no está bien físicamente? ¿Cuáles son las herramientas que acortan el camino hacia tal aclaración? La preparación física está en cada paso del profesionalismo (y el que no lo es, también) puesto al servicio de los espectáculos a los que asistimos en todos los estadios de fútbol, y no tiene relación directa –ni indirecta- con las diferentes circunstancias que hacen al mejor o al peor desempeño de una pieza individual o una pieza colectiva. Correr, todos; pensar, pocos; pensar y ejecutar en consecuencia, contados.

Al equipo le faltó actitud
El diccionario de la Real Academia Española (RAE) esclarece los primeros términos de la cuestión: “disposición de ánimo manifestada de algún modo”. En primer lugar, el término “actitud”, así, con la soledad de un centrodelantero que espera que su marcador central le arroje un ladrillo disfrazado de pelota desde su área, no significa nada, ya que debe incorporarse el modo, la característica de esa actitud. Una actitud benévola, una actitud pacífica, una actitud amenazante. Entonces, el nacimiento ya es erróneo.

No obstante, comprendiendo la consideración del colectivo y la repetición consecuente, también aparece esta terminología ante situaciones de resultados adversos. El jugador cuyo centro sirvió para que su compañero cabeceara y marcada el único gol del partido tuvo mucha actitud, pero el mismo jugador cuyo centro no sirvió para que su compañero cabeceara y marcara el único gol del partido, forma parte de un equipo al que le faltó actitud.

Esa actitud a la que insistentemente se hace referencia responde, en realidad, a la correcta ejecución de diferentes acciones, algo que de ninguna manera depende de esa misma actitud, palabra tan vigente ante la deficiencia de respuestas que aclaren el panorama y hallen respuestas con más y mejor elaboración.

¿Qué hacemos solamente con esa actitud? ¿Todas las victorias responden a un ejercicio pleno de esa actitud? ¿Todas las derrotas responden a una falta de ejercicio pleno de esa actitud?

Es un equipo equilibrado; le falta equilibrio
Retomando la definición de lo que representa el equilibrio, la búsqueda se cierra en “peso que es igual a otro y lo contrarresta”. Entonces, debería pensarse que un equipo que contenga esta característica será aquel capaz de generar la misma cantidad de situaciones en ofensiva que en defensa; aquel que pueda convertir tanto como le convierten; aquel que reparte la posesión para conservar la condición principal; aquel que elige en cantidad y en calidad cuándo y cómo atacar, cuándo y cómo defender. Irrisorio.

Las mezquindades de quienes pretenden juegos sin emociones, sin subes y bajas, sin historias mínimas dentro de la gran historia que atraviesan los noventa minutos, emergen con nitidez al expresar, con notable desprecio, que un equipo de fútbol carece del equilibrio pertinente para ser justamente eso, un buen equipo de fútbol.

Una vez más se tiende a limitar la inconmensurable cantidad de variables que surgen permanentemente en el accionar constante de un juego en el que no sólo intervienen dos grandes fuerzas colectivas, sino también aciertos y errores individuales que moldean cada una de las maniobras, de principio a fin. No hay forma de aspirar al equilibrio, para quienes lo arriesgan todo en búsqueda del primer gol del partido o para quienes apuestan a relegar el esférico con dos extremos veloces que puedan resolver el trámite de un juego tocándolo pocas veces.

¿Cuáles son las decisiones tomadas en la vida que aspiran al equilibrio de contrarrestar los términos de características relativamente similares? ¿Los equipos que marcaron un antes y un después en la historia de este deporte fueron verdaderamente equilibrados? ¿Los grandes rupturistas del fútbol de los últimos cincuenta años, tomaron en cuenta el concepto de equilibrio que hoy llenan las bocas de análisis abúlicos para ser lo que en definitiva fueron? Quizás Josep debió haber entregado más tiempo la pelota; quizás Rinus debió haber optado por un poco menos de movilidad; quizás Ronaldo debió haber gambeteado tanto menos; quizás Ronaldinho no debió haber reído tanto.

Pelotazo…
Comprendiendo que el pase no sólo está brindado por quien lo realiza, sino que se compone tanto por el emisor como por el receptor –atendiendo las variables mediantes como la ruptura de líneas o la interrupción de un rival-, estaría bien comenzar a desligar ciertos términos del carácter despectivo que se pretende atribuir. Las características de un pase, que puede ser tanto al ras del suelo como aéreo –sin modificar por eso su nomenclatura- están expuestas en función de la forma en la que se lo ejecuta, su dirección y también el espectro que rodea al segundo componente, quien en definitiva puede o no quedarse con el balón.

No es posible, entonces, anticipar un pelotazo cuando el poseedor se dispone a establecer conexión directa con un compañero vía aérea. Bien en claro lo han dejado los porteros de los equipos animadores de la competencia por excelencia del mal llamado Viejo Continente, con salidas profundas que conectan, luego de rotaciones y transiciones previas –despiste y liberación de zonas- hacia la mitad de la cancha o más allá con alguien capaz de recibir con absoluta libertad. No es necesario ir muy lejos para encontrarse con pases dueños de una precisión de artesana en el pie de Xabi Alonso, o Xavi, o Kroos, o el notabilísimo Juan S. Verón, más cerca de nuestros ojos.

En consecuencia, el término pelotazo, en coincidencia con quien no pretende formar parte de un circuito de juego, sino sacarse la responsabilidad de encima por diversas circunstancias, carece de argumentos necesarios para comprender el camino que recorre un pase. El concepto involucra todo el proceso que nace en una idea, se traslada a la ejecución y recibe la misma sistematización para quien se dispone a ser continuidad de la maniobra pertinente. No hay apuro, entonces, para escupir pelotazos porque sí.

¡Están mal parados!
A repetición, concepto instalado para cualquier jugada de similares características. La imagen que rápidamente se viene a la cabeza queda marcada por una salida rápida del equipo que segundos antes estaba defendiendo, o la defensa de un equipo dueño de la pelota que circula en espacio oponente. Pero, ¿siempre las caídas en este tipo de situaciones están dadas porque estaban mal parados? ¿Cuál es la distribución de méritos a la que se acude ante momentos semejantes?

Incluso cuando la distancia entre marcador y rival son diminutas; cuando un anticipo en tiempo y forma no supera la prestancia física (el soporte para afirmarse y controlar para luego pasar al momento del uno contra uno) del atacante; cuando un rival saca provecho de las dudas que se desprenden de la incertidumbre cercana al arco propio, con quien viste la otra camiseta en situación de ganar mucho más de lo que pueda llegar a perder; cuando una salida aérea y veloz desencaja el entramado defensivo especialmente preparado para otra cosa; cuando la virtud del rival supera las instancias posibles de alcanzar por el carácter defensivo del momento. Allí está, allí aparece, están mal parados. No siempre, no en todo momento, no con cualquier protagonista; cada jugada tiene –o puede tener- su explicación, aun carente de ciertas lógicas que puedan ser analizadas e imaginadas en función de lo que pueda hacer cada intérprete, capaz de modificar una y cien determinaciones en menos de un segundo.

Alguna vez, en una conferencia brindada a junto a un gran número de entrenadores (y aspirantes) de fútbol, César Luis Menotti reiteró, casi sin notarlo: “Hay que ser cuidadosos, hay que ser cuidadosos”. Ahí es donde debe plantarse bandera. Y no se trata de un simple encadenamiento de términos que pueden llamar de una u otra manera a las diferentes acciones de juego dentro de un partido de fútbol. El problema está en que esas conceptualizaciones son dueñas de una penosa generalidad, que luego señala equivocadamente y marca errores que en realidad no lo son, o son bien diferentes.

Para corregir, primero es necesario acceder a un reconocimiento total de lo que se está haciendo mal. Un rastreo marrado no sólo continúa con la reproducción de los yerros, sino que también sigue dándoles entrada a críticas tan infundadas como cargadas de saña, irrespetuosidad y mala intención.

Hay que ser cuidadosos.

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