EL VIEJO SABIO

IGNACIO RODRÍGUEZ

Lo que duele es darse cuenta. Eso siempre es lo que duele. Saber, reconocer. No va a ser fácil ver algo parecido en la gran aldea global en los próximos años. Caracterizaciones no van a faltar: enganche, media punta, falso delantero, volante ofensivo con gol. Sin embargo, no abundarán jugadores con esta impronta.

Pertenece a un perfil de jugador que cuesta encontrar cada vez más. No por el dato romántico (orgullosamente romántico) de vestir la misma camiseta durante 23 años consecutivos en primera división o por mantenerse en la elite competitiva durante tanto tiempo. Tampoco por haber elegido honrar esa camiseta, además de vestirla. Lo ves festejar un gol en un derby o bien salir del campo habiendo perdido un partido, y el tipo tiene la imagen de la responsabilidad en la cara. En su rostro y en su cuerpo, logra transmitir que lleva en el club toda su vida, si hasta parecería que le dieron de chiquito la cinta de capitán. Así se honran los colores, con seriedad y responsabilidad. En las alegrías, pero también en las derrotas. Mirada al frente, la boca cerrada, zitto, mañana a trabajar, que tenemos que jugar mejor. Por nosotros y por los tifosi a los cuales representamos. Y si hay que hablar con la prensa, habla él. Decía, entonces, que no son estos los motivos que lo hacen un jugador cada vez más difícil de encontrar. Podrían serlos, pero hay otros.

Desde siempre tuvo la calidad para la asistencia, facilidad para la gambeta y el manejo, panorama, inteligencia para llegar a posiciones de gol, potencia para rematar de manera fortissima pero también suave al ángulo, y fundamentalmente, confianza y coraje para ir hacia adelante. En tres cuartos de cancha, a pesar de que le sobraba capacidad para el lujo y la belleza, en general, iba para adelante y pateaba. Cuando era más joven, esa verticalidad se expresaba todos los domingos de forma contundente: sus más de 300 goles así lo demuestran. Ahora bien, lo interesante de este hombre es cómo se desarrollaron esas condiciones, y cómo se manifiestan hoy con el paso del tiempo y una exigencia física que naturalmente no se sostiene con la misma intensidad de quince años atrás.

En los últimos años, todo quedó expuesto. En los fuoriclasse, cuando hay una merma física, emergen otras cosas. Cuando iba al banco y entraba en el segundo tiempo, parecía el tío jovato que se pone a jugar con sus sobrinos, ya que los restantes 21 jugadores eran notablemente más jóvenes que él. O que entraba un exjugador, en un amistoso donde se ven más canas y panzas que cuerpos de alto rendimiento. Lo maravilloso del fútbol es que, la mayor parte de las veces, la sensación que se transmitía era que, más que el tío piola o el exjugador, entraba el que tenía la capacidad de arreglar lo que no supieron hacer los demás. El que podía dar vuelta el resultado. El viejo sabio de la tribu. El que más jugó, más ganó, más transitó esas canchas. Y ahí no hay mentiras. El fútbol puede ser injusto, no se gana por merecimientos, admitido. Pero la verdad, a la larga, se encuentra siempre en el mismo lugar: el terreno de juego. Y ahí se evidenciaba la distancia que había entre él y el resto. Porque no era un ex jugador. Seguía compitiendo junto a chicos que podrían haber sido sus hijos, seguía vigente y marcando diferencias, por conocimiento, picardía, simplicidad, velocidad mental y ejecución.

Ese es el perfil de jugador que será muy difícil volver a ver. Quedan pocos y no se vislumbra que surjan otros en un contexto de permanente urgencia y fuga de talento. Es interesante notar la acción del tiempo sobre él. Le sigue pegando de derecha con un fierro. Sus intervenciones siempre fueron decisivas. No se escondía, nunca lo hizo. Pero los años le dieron más inteligencia para formular una lectura rápida y su juego creció marcando el ritmo de los pases según lo que pedía el partido. Cuándo había que lateralizar y cuándo acelerar. Pocos jugadores en el mundo interpretan el partido correctamente y entienden por dónde se juega. Él es uno de ellos. Marcaba los movimientos y las velocidades de sus compañeros, estaba siempre un segundo adelantado para aprovechar cualquier circunstancia. Sabía que la que debe correr es la pelota. Dominaba los pases como ningún jugador de la liga italiana.

Las razones esgrimidas ilustran un perfil de deportista de los que ya no quedan. Pero los argumentos que lo convierten en un personaje único exceden el campo de lo futbolístico. En épocas de instantaneidad, de fugacidad y vida líquida, de relaciones volátiles, donde los jugadores visten tres camisetas en una misma temporada, él va a contramano. Bicho raro. Se quedó siempre en Roma. Una muestra de pertenencia tan grande es, además, una manifestación de amor. Amor a los colores, a la ciudad que lo elevó, al respeto por una identidad, a su propia infancia. Y fundamentalmente, al juego. Miraba la pelota como la miran los que saben: como Bochini, Riquelme; como Iniesta, David Silva, Messi, los cracks siglo XXI.

Fue rebelde y canchero. Ganó un mundial pero nunca la Champions. Estuvo en las buenas y en las malas. Salió campeón de la liga. Hizo goles decisivos. Por eso tiene la idolatría máxima, la categoría de Dios, en una ciudad que es eterna, como lo será su leyenda. También así se ganó el respeto de compañeros y rivales, aspecto que se percibe en la cancha, antes, durante y después de todos los partidos.

El domingo pasado jugó su último partido vistiendo la camiseta de Roma, victoria 3 a 2 sobre Genoa y pasaje directo a la Champions League. La ceremonia de despedida, repleta de saludos, manos en el corazón, abrazos y mensajes, hizo llorar a compañeros, hinchas, familiares, amigos, televidentes. Mucho menos pudo contener el llanto el propio Francesco, rendido ante su gente. Agradeció y valoró el afecto de tantos años, contó que tiene miedo de lo que vendrá. Por momentos, se mostró frágil. Y se retiró del campo ovacionado, con sus compañeros elevándolo hacia el cielo, en una noche en la que nadie se quería ir del estadio. Mucho menos, él.

Cuando pasen unos años, se lo mirará con una nostalgia medio tanguera. Las imágenes en YouTube y los testimonios de hinchas que lo hayan visto jugar, nos llevarán inevitablemente a esa certeza que no siempre se enuncia, pero se guarda en la cabeza y en el corazón: no volveremos a ver jugadores así.

Sus condiciones futbolísticas y, fundamentalmente, la historia de sus decisiones lo convertirán en mito. Será más que un símbolo de la ciudad, no solo para sus hinchas, para sus rivales o compañeros, sino también para muchos otros, hijos de la globalización, como podría ser un pibe argentino que viajó al Estadio Olímpico solo para verlo jugar en vivo a él. Y se puso de pie, como todo el estadio, para aplaudirlo cuando salió sustituido.

No se sabe a ciencia cierta si Totti se transformó en la Roma, o si la ciudad se convirtió en Totti. Sí está claro que ni uno ni otro volverán a ser iguales.

Me pregunto dónde irán todas sus memorias, sus gambetas, lo que queda de Totti. Cuál será la dimensión de su legado. Me inquieta saber adónde va a parar todo eso, a qué baúl, a qué cajón, a qué vestuario. Sus enojos al no ingresar en el segundo tiempo, sus entrevistas, sus dolores musculares, sus relaciones dentro del club, sus elecciones. Me pregunto cómo es ser testigo de un ciclo que se terminó. Cómo se imprime todo eso en el corazón de un club, y en el alma de Francesco Totti.

Creo que mi tristeza no desaparecería si tuviera las respuestas a esos interrogantes.

Pero, quizás, indagar un poco en ese universo me recuerde lo afortunados que fuimos todos al verlo jugar. Y la felicidad que esa fortuna traía.

 

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