EL ÉXITO NO ES AMIGO DE LA VICTORIA

JUAN DAVID WASLET

Difícilmente se puedan establecer objetivos claros dentro del ámbito deportivo sin antes lograr conexiones directas con los modos de producción en los que esas lógicas, como tantas otras, aparecen enmarcadas. Las formas de producir conocimiento, y por tanto, las formas de preparación para un mundo dominado por la híperespecialización profesional y la globalización avasallante, marcan las tendencias prácticas que luego son puestas sobre un pedestal, como punto máximo de realización. Lo que se debe hacer para triunfar. Lo que se debe hacer para pertenecer.

La adaptación del deporte a esas lógicas del aparato productivo, demandante de resultados inmediatos, anula toda posibilidad de crecimiento colectivo, tal cual se presenta un juego de equipos como el fútbol, tema que nos envuelve y que nos obliga, necesariamente, a modificar ciertas estructuras que apelen a su evolución.

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Los instrumentos de formación utilizados por las diferentes instituciones por las que los niños y las niñas atraviesan en momentos claves de sus vidas, están signados por la creación de un horizonte de expectativas que resulta la base para lograr la cima desde el punto de vista individual. Es el crecimiento que pone al individuo por encima de todo lo que lo rodea para que, como meta a alcanzar, intente, no superarse, sino superar a alguien. Es el mérito, por sobre todas las cosas, que fija la mirada sobre una serie de puntos a tener en cuenta para alcanzarlo. De ese modo, ¿cómo es posible imaginar un proyecto que contemple el crecimiento colectivo y modifique de ese modo las formas de enseñanza cuando en realidad la propuesta es sólo para el sujeto? ¿Cómo lograr ese cometido si el futbolista es domesticado para responder a las obligaciones resultadistas y meramente estadísticas del ideario hegemónico?

Pero no solamente es cuestión de decodificar los instrumentos mencionados que luego conforman el horizonte de expectativas y las formas de realización del futbolista, sino que también se trata de incorporar en los formadores y las formadoras las herramientas básicas para correr el eje de las miradas tradicionales. Así, se puede marcar un norte con objetivos divorciados de las obligaciones aprobadas o desaprobadas por la colocación de un equipo en la tabla de posiciones o la cantidad de goles de un juvenil para ser vendido por un representante que le persigue sus pasos intentando convencerlo con falsas ilusiones. Modificar las metodologías no sólo en quienes conforman el futuro, sino también en quienes se encargan de reproducir las lógicas más convencionales y, también, menos transformadoras.

La escuela prepara para responder al sistema que necesita personas capaces de actuar en función de la obtención de números positivos en las cuentas finales; la formación terciaria y la universitaria están basadas en la posibilidad de ser incorporados al aparato que de ese sistema se desprende. Pero no está en ese aislado posicionamiento la respuesta a varias de las preguntas ya expresadas, sino que lo que de esto se desprende es un cúmulo de acciones que se deben llevar a cabo y otro tanto que no, que de ninguna manera, que rompen lo esquemático, que trasladan las intenciones hacia lo que no está permitido –lo capaz de romper con lo establecido-.

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El disciplinamiento, hijo de las lógicas impuestas por el aparato productivo y por los estándares de realización que propone, dibuja flechas en varios destinos. Transportarlo al campo de juego, donde esa visión positivista también plantea acciones para los futbolistas y no con los futbolistas, permite anexar directamente las ideas de juego que se ponen en disputa. Porque si lo fundamental es la respuesta a esa tabla de posiciones, a esa posibilidad de ser reconocidos o no, a esa necesidad permanente de considerar chances de superioridad sin una construcción colectiva previa y mediante, entonces no hay forma de impulsar cualquier forma de trabajo que requiera de instancias precedentes para la obtención de uno u otro logro.

Las obligaciones que luego son usadas por el imaginario y la reproducción mediática a niveles masivos dicen que: sólo el primero será importante, incluso ante el conocimiento sobre la enorme cantidad de rivales; sólo el que obtenga la mejor numeración será puesto en consideración de un acceso a etapas superadoras; sólo el ganador recibirá un trato acorde al sacrificio de sus actos, aunque ellos hayan sido inmensamente menores a los de un supuesto derrotado. He aquí la dificultad de aplicación de métodos que apelen a otro tipo de objetivos, porque la introyección (en términos de Paulo Freire) del poder que demanda esos resultados y que castiga o premia en función de ellos niega la visión del futbolista en cuestión. Quienes impulsan métodos de medición de su tarea y su desarrollo son los mismos que propusieron y proponen las ideas que lo condenan y que son responsables de sus limitaciones no sólo desde lo estrictamente deportivo, sino también desde lo emocional –aspecto primordial-.

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Ese horizonte de expectativas une fuertemente a la victoria con el éxito. Desde la chance de “ganar”, sabiendo que mientras el elogio es tan falso como dura y destructiva la crítica, el futbolista exige para sí aspectos que lo dañan, que le imposibilitan a cruzar nuevas barreras de realización individual-colectiva, por un lado, y colectiva-individual por el otro, ambas absolutamente necesarias, aunque jamás una sin la otra. Parece ser, en consecuencia, que todo aquello destinado a la modificación de ciertas formas de ser, dentro del campo, son estancadas y de esa manera limitaciones de la accesibilidad al estar siendo, que requeriría evolución permanente, intención de desarrollo constante, independientemente de las obligaciones ya nombradas.

No es posible llegar a la consolidación de un aprendizaje sin el tiempo necesario de incorporación teórica, de incorporación práctica y de sustento de competencia; no es posible expresar una idea colectiva de juego, con la necesaria participación de todas las partes, si el objetivo de cada futbolista está determinado por el posible desarrollo individual –signado por la victoria-; no es posible trabajar sobre nuevas metodologías, aunque se trate de un modo de ensayo-prueba-error, sin contar con el espacio necesario y ante la presión asediante de quienes ven lastimados sus intereses cuando las columnas de un poder disciplinador y resultadista empiezan a tambalear.

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El objetivo no está colocado en la supresión de la competencia que conlleve una mejora, sino en comprender que ella no es el punto de llegada, sino todo lo contrario, en un contexto de profundización colectiva y desarrollo del juego. Las expectativas de realización deben presentarse como producción de un todo que, en su andar, intensifique el desarrollo de las partes, quienes necesariamente elevarán a ese grupo. Se trata de divorciar a la victoria del éxito, anteponer la relevancia del proceso y centrar las miradas sobre el juego. Ya demasiado han lastimado y lastiman quienes responden al triunfo con números que no tienen voz, ni cuerpo, ni sentir, como sí quienes llevan adelante a este bellísimo deporte.

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