ESPEJITO, ESPEJITO…

MARTÍN OLIVÉ

Alemania y Chile regalaron un gran partido de fútbol en la final de la Copa Confederaciones demostrando que son dos de las mejores seleccionados de la actualidad mientras que en Argentina nos mirábamos al espejo y nos lamentábamos por no poder parecernos.

El espejo es engañoso. La pregunta en todos los programas de fútbol era “¿cómo hacemos para ser Alemania?” ya que fue el vencedor de la final, en caso contrario la pregunta sería “¿Cómo hacemos para ser como Chile?” Como si fuese el espejo encantado de la bruja malvada en Blancanieves, hace unos años se reflejaba la imagen de Fernando Niembro diciéndonos que el ejemplo a imitar era Uruguay, mientras los charrúas festejaban la Copa América en el Monumental.

Siempre hay que copiar al ganador de turno, no importa si es España, Uruguay, Chile, Alemania o Burundí. En una sociedad futbolera lacerada por el exitismo se busca formulas rápidas que lleven a alcanzar la meta sin importar cómo. Y al no importar el cómo, alcanzarla es cada vez más difícil.

¿Por qué gana Alemania? Porque inicio hace doce años un proceso encabezado por Jürgen Klinsmann y Joachim Löw y respaldado por la DFB que buscaba cambiar la identidad y el estilo histórico de esta superpotencia futbolística. Incluyó desde charlas con César Luis Menotti, el ejemplo del Barcelona de Guardiola, inversión en campos de entrenamiento y desarrollo de jóvenes jugadores y entrenadores en base a un estilo de juego de posesión, vistoso y de ataque.

¿Por qué gana Chile? Porque supieron aprovechar a la mejor generación de futbolistas de su historia con un proceso que inicio Marcelo Bielsa y continuaron Jorge Sampaoli y Juan Antonio Pizzi. Pero sobre todas las cosas estos dos equipos ganan porque supieron perder. Alemania aquietó su orgullo dañado por ser terceros en su mundial o que España le frustrara su camino a la consagración en dos torneos seguidos. Por su parte, Chile continuó el camino a pesar de que el travesaño le negó la chance de hacer historia en Brasil. No tiraron todo por la borda y volvieron a empezar de cero, fueron constantes porque estaban convencidos de que el camino era el correcto.

En Argentina no se sabe perder. Hace 24 años que Argentina pierde y eso es algo intolerable. Como el segundo es el primero de los perdedores pasan generaciones notables de futbolistas que son devorados por este sistema que se instaló hace más de treinta años.

Batistuta fracasó, Ortega fracasó, Verón fracasó, Riquelme fracasó, Higuaín fracasó, Messi fracasó y hasta Maradona fracasó. El fútbol argentino fracasó, pero no por no ganar un título sino porque se autodestruyó. Fueron perdiendo terreno las gambetas, la picardía, el talento y la diversión por métodos muchos más pragmáticos reñidos no solo con la belleza sino también con la moral y la ética.

Argentina olvidó sus raíces, olvidó su fútbol. El sistema, este sistema que tuvo en Julio Grondona (dirigencial), Carlos Bilardo (futbolística) y Fernando Niembro (mediatica) sus tres pilares oscuros en los que se cimentó, seguirá buscando fagocitándose talentos, seguirá expulsando a todo aquel que le moleste, seguirá erosionando lo poco que queda de esta tierra mientras nos venden espejitos de colores.

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