SI ARRIESGÁS, NO PASAS.

JUAN DAVID WASLET

“No arriesgar es lo más arriesgado; así que, para evitar riesgos, arriesgaré.” Juanma Lillo.

La costumbre discursiva que se desprende del desconocimiento no sólo se traslada de generación en generación como un mensaje del palabrerío común, sino que también transforma expresiones en conceptos. De ellos parte la postrera -y falsa- teoría revalorizada por la repetición.

Dijeron un día, en los inicios de los tiempos, quizás, que “no hay que arriesgar”. Dicen, porque el asunto atravesó de lado a lado todos los procesos históricos, que no es políticamente correcto esto de “arriesgar”. No expresarse libre y abiertamente por riesgo a perder el trabajo; no enamorarse por riesgo a las consecuencias; no asistir al espectáculo por el riesgo de no encontrarse al final con lo esperado; no “arriesgar”, algo así como no actuar.

Entonces, en el fútbol, señoras y señores, no hay que arriesgar. ¿Pero cómo cree usted que eso puede ser posible? ¿Arriesgar a perderlo todo y sentirse con la compañía de haberse entregado al sostén de una idea más allá de los números mediantes? ¿Arriesgar a ir por más porque de eso se trata, dentro o fuera de un rectángulo de juego? ¿Arriesgar para transitar con la tranquilidad del placer obtenido incluso sabiendo que el bueno o malo resultado puede no ser el buscado? Señores, señoras, ustedes han entrado en un gran estado de locura.

El portero se ofrece como opción de juego para descontracturar la maniobra de posesión y estirar aún más la diferencia entre los rivales que ejercen presión. El primer o el segundo marcador central conserva una posición expectante para recuperar con velocidad y generar una nueva maniobra ofensiva. El volante central se corre de su pasillo tradicional para hacerse de la pelota, generar distracción y facilitar el contacto hacia adelante con el externo que ocupa su sitio. Sólo dos marcadores centrales aguardan por una posible salida del equipo contrario, porque ambos laterales -uno con el balón- están en las proximidades del área antagónica. “Arriesgan demasiado”, los muchachos.

¡Y qué mal está arriesgar! Suena el tono despectivo y aleccionador.

Jugar es arriesgar. Disponerse a formar parte de la competencia es arriesgar. Asumir responsabilidades forma parte de asumir los riesgos que hacen al hecho de saber que se ha determinado una premisa fundamental e irrefutable: es uno solo el que gana. Y en esa alternativa, elegida, aparecen las variables utilizadas por cada intérprete para ser parte de ese ida y vuelta que aparece y desaparece en búsqueda de determinados resultados. ¿Cuándo nos enseñaron que arriesgar está mal? ¿Cuándo nos enseñaron que se puede jugar sin arriesgar, en esa triste soledad que propone la repugnante sensación de no haber sido consecuente con nuestras ideas e intenciones? ¿Quiénes nos quieren hacer creer y -lo que es mucho peor- pensar que no está en el camino correcto aquel que arriesga con la seguridad de su trabajo y su convencimiento a estar en, justamente, permanentemente riesgo?

La relación es inversamente proporcional. Cuanto más valor se le otorga al vencedor o al ganador de un certamen, que siempre es uno, más se devalúa la propuesta de quienes -por miles de circunstancias e imponderables- no alcanzan lo que la hipócrita mediocridad llama “objetivo”. Así, el espectáculo empobrece a diario, la tarea formativa retrocede, la demanda se queda en números y deja de reclamar sensibilidad y quien sueña con este juego, quien sueña con el corazón, empieza a soñar con caminos que no conducen a nada.

Arriesguen, sigan arriesgando. Ese riesgo pare sentimientos segundo a segundo y llena de sentidos lo que los ojos reduccionistas ven como sólo una pelota que entra o pega en el palo y se escapa por la línea de cal. Arriesguen, por favor, es lo mismo que jugar.

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