FÚTBOL DEPORTE VS FÚTBOL PRODUCTO

MARTÍN OLIVÉ

El negocio del fútbol se ha ido incrementando a pasos agigantados en los últimos años. No sólo en las exorbitantes trasferencias de los jugadores sino desde el discurso de dirigentes, entrenadores, jugadores y comunicadores con la intención de vender el “producto fútbol” a la mayor cantidad de compradores.

La búsqueda está planteada en términos de que mayor cantidad de personas “consuman” fútbol sin necesidad de que lo entiendan. De esta forma, vemos como se llenan horas de televisión o radio con programas que hablan de internas de vestuarios, problemas íntimos de los protagonistas o rumores ventas como si se tratase de uno de esos infomerciales donde te muestran las cualidades de una faja para adelgazar.

Para que cada vez más personas compren camisetas de colores estrafalarios o paguen el servicio de televisión Premium se tiene que llegar a una audiencia que no está interesada ni conoce sobre el fútbol. Es más fácil captar la atención desde el living de un canal de noticias gritando palabras rimbombantes como “fracaso” y  “humillación” o apelar al patriotismo, que explicar los factores tácticos, técnicos y estratégicos de un partidos (eso sería muy aburrido).

De esta forma cada vez hay más gente que mira y consume (lo más importante) fútbol pero poca que lo disfruta y lo entiende. En la cancha, donde antes se iba a disfrutar de un partido o un jugador aunque no sea de tu equipo, se silba un pase atrás o se critica un caño porque no es productivo. “Productivo”, que término tan empresarial. En nuestros trabajos nos obligan a ser productivos para que nuestra posición siga siendo redituable y no la perdamos, lo que genera cada vez más presión e inconformismo. Lamentablemente instalaron esas ideas en uno de los pocos espacios de dispersión de nuestra rutina. Un caño, una gambeta, un taco, etc. No tienen que ser productivas, tienen que ser bellas, alegrarnos al menos un segundo. ¿O acaso Salvador Dalí o John Lennon buscaban que ser productivos cuando creaban su arte?

El hincha no tiene permitido pensar. Desde la incondicionalidad y la pasión tiene que ir a la cancha sin importar que los precios sean cada vez más caros, la policía lo faje y le revise hasta dentro del ano mientras un barra organiza el operativo, le pongan banderas con nombres de barrios que tapen la visión, lo obliguen a cantar canciones sobre asesinatos, los estadios estén en malas condiciones y encima los partidos sean horrendos. Si se niega y reclama tener un buen espectáculo por el precio que pagó quedará señalado como un “amargo” por la masa, que continuará compartiendo el plato preferido de las moscas.

Con los años se ha creado una figura que podemos denominar “fútbolero de ley” que puede consumir toda la programación de Tyc Sports, estar al tanto de los chats que manda Cocca, vestirse de pies a cabeza con ropa deportiva, saberse los temas de la hinchada o pensar que Messi es un pecho frío pero se aburre si tiene que mirar un partido de la Champions League. El fútbol le aburre, no le interesa y al sistema le conviene que sea así. No sea cosa que la gente empiece a entender y se descubra que muchos técnicos trabajadores o estrellas televisivas son unos farsantes.

Los valores deportivos o el componente lúdico del juego es algo que solo le interesa a un nicho. Sí, el fútbol es de culto. Lo masivo es el producto.

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