ARGENTINA: SI MUERO ES POR LUCHAR.

LUCIO STORTONI RUÍZ

La influencia que tuvo Messi en mi vida por motivos personales es difícil de explicar. Su figura me remite a recuerdos profundamente emotivos, por eso saqué una entrada para ir a verlo a él, no a la Selección. Hasta el pitazo de Roberto Tobar me encontraba convencido de que estaba viviendo el sueño de ver a Messi en vivo. Finalizado el encuentro, ya caminando en las afueras del Monumental con la banda sonora de hinchas enfurecidos, me sabía afortunado de poder ver la gestación del equipo que puede marcar un antes y un después.

Más allá de ver al Diez, me fui con la alegría de sentirme representado por la persona indicada: Jorge Sampaoli, quien demostró ser un entrenador de primer nivel. Argentina jugó unos primeros veinticinco minutos a un ritmo físico, táctico, técnico y conceptual que —permítanme el atrevimiento— intuyo que pasará bastante tiempo para que se vuelva a repetir. Los jugadores parecían conocerse desde siempre: stoppers a la altura natural de los laterales haciendo redobles externos, wines dando amplitud en la misma línea que la defensa rival (tuve la suerte de visualizar cuando Sampaoli se lo indicaba a sus extremos, por ello no tengo dudas de que fue una orden), centrales que atacaban los espacios con conducciones y encontraban línea de pase con facilidad. Una presión tras pérdida abrumadora. En fin, verdaderamente salí convencido de que este es el camino. 

Por supuesto entiendo la jerarquía del rival, pero el nivel de complejidad manejado por Argentina no lo tienen ni los grandes seleccionados europeos ante equipos de mucha menor valía que el conjunto vinotinto. También sé que no se ganó, y ahí es donde me quiero explayar en los siguientes párrafos.

El fútbol tiene muchísimas variantes; dentro de las individuales encontramos el pase, la velocidad, el anticipo, la visión de juego, la técnica de golpeo, la gambeta, la conducción, la astucia, la fuerza física, el salto, el cabeceo, el pase cruzado, la marca, el control, la agresividad, entre otras. Yendo a las conclusiones colectivas se pueden ver la posesión, la cantidad de llegadas, de pases, de pases trascendentes, de kilómetros recorridos, de remates, de duelos ganados, de pases en campo contrario, de centros, entradas, despejes, tarjetas, y un innumerable etcétera.

Luego, en el trabajo pre y post partido, hay puntos a revisar como el monitoreo físico, el videoanálisis, la estadística, la cantidad de horas siguiendo a todos los jugadores en sus respectivos clubes, las charlas que se puedan tener con ellos y la planificación del entrenamiento son sólo alguna de ellas. Pero aún con todas estas enumeraciones, el fútbol es un deporte que da la posibilidad a los milagros, y en un solo partido, durante noventa minutos, un equipo puede ser superior en todas estas variables menos en una y perder el partido.

No importa la eficacia en el control, en el pase, en el anticipo, en la generación de oportunidades… si no conseguiste ser más eficaz en el remate, no ganás. Todo pende del hilo de la eficacia en una acción del juego. En un golpeo de cara a la red. Todo se reduce a eso. Si no pudiste mantener la calma y controlar la ansiedad, fallás. Y si en el recuento final tu rival acertó más que vos, perdiste.

Esta tendencia de caer en el milagro o en el accidente que tiene el fútbol es lo que lo hace tan atractivo, pero de ninguna manera debemos ver la foto olvidándonos de la película. Hubo noventa minutos a analizar, no sólo el resultado final. Y la Selección Argentina fue superior en cada faceta del juego: tuvo la pelota, generó claras situaciones de gol, apabulló al rival posicionalmente e hizo méritos más que suficientes para irse del primer tiempo goleando. Tuvo ocho oportunidades evidentes de gol e hizo todo lo posible en la gestación de juego para irse vencedora. Por ello el análisis no debe carecer de profundidad y centrarse en el resultado, sino que debe ser exhaustivo y enfocarse en que se hizo todo lo posible y más para ganar. ¿No se llegó al resultado? No, pero se hizo todo lo posible para hacerlo.

¿Por qué no consiguió la victoria? Bueno, mi análisis personal por mi creencia de ver este deporte, me hace pensar que a Venezuela le favoreció saberse eliminado. Es muy difícil sostener veinticinco minutos como los primeros, pero cuando no hay miedo, cuando no hay desesperación porque el partido termine, cuando no está la angustia de que hay cosas para perder, todo es más sencillo. También es importante aclarar que hubo un quiebre mental con la lesión de Di María; se transmitió en todo el estadio un efecto contagio, una sensación de deja vu. El equipo se resintió, la gente se comenzó a impacientar, y cuando luego de unos minutos volvió a generar situaciones claras, otra vez la maldita eficacia de cara a gol jugó su partido. Argentina no concretó, Venezuela se salvó. Pero estoy absolutamente convencido de que un rival con urgencia de resultado no sostenía el ritmo argentino. Ya sea en lo táctico, en lo físico o en lo mental, en algún punto flaqueás. Es imposible sostener la angustia de tu rival tocándote la pelota en frente de tus narices, es muy doloroso correr para no llegar y tenerla únicamente para perderla a los pocos segundos. El jugador se resiente mentalmente, quiere que el partido termine. Y todo esto se multiplica cuando en frente tuyo está Messi.

Ver a Messi en vivo es sentir que juega a otro deporte. Si hay una característica irremediable del fútbol es que es un deporte de disputa constante: nadie la puede tener ni agarrar. Pero a Messi esto no le importa y juega al básquet con los pies. Agarra el balón como si fuese parte de su cuerpo, corre como si la pelota estuviera atraída magnéticamente a sus pies, la sensación es que el tiempo se detiene, los rivales se hacen postes, y él es el único que sigue corriendo con la pelota a su merced. Realmente verlo en vivo es sentir que nada puede ser mejor, es la máxima expresión del talento. Genuinamente me creo incapaz de dar una descripción que se acerque a los sentimientos generados, es único. En el final del partido, cuando el estadio era una caldera, le llega una pelota por los aires y la domina como si estuviese jugando al fútbol entre amigos en una playa paradisíaca. Parecía que nada le pesaba. Mientras la pelota se acercaba el mundo se frenaba: era la mirada de dos enamorados que frenaban el resto del mundo al encontrarse. Juega en cámara lenta, es la pausa en el nerviosismo. Es una sensación donde no llegan las palabras y cualquier amante de este deporte debe vivir.

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