QUÉ DIFÍCIL QUE ES SER HINCHA

 PABLO ALABARCES

Contextos de interpretación: qué difícil que es ser hincha
Este relato pavoroso señala que se trata de toda una cultura organizada para otorgar sentido y legitimidad a las prácticas violentas. Y que responde a contextos más amplios, que debo reponer para completar la interpretación. Voy a retomar para eso algunas afirmaciones respecto de las identidades futbolísticas y sus contextos culturales.

El fútbol argentino no es hoy un espacio popular, en tanto implica transversalmente, estadística y simbólicamente, a todas las clases, aunque con un leve predominio de los sectores medios y medio-bajos. Imaginariamente –en sus relatos, en sus mitos, en el periodismo, en sus representaciones–, el fútbol se dirigía a los públicos populares. El fútbol era, en consecuencia, un espacio de afirmación de identidad masculina y popular, aún dentro de la vaguedad de la alianza populista establecida por el peronismo antes que a una definición de clase (obrera). El fútbol era visto hasta fines de los años 80, desde las instituciones escolares o por los intelectuales, como pura manipulación de sectores culturalmente menos dotados. Y claro, no era un camino de ascenso social legítimo: para eso estaba la escuela y la Universidad. El ascenso mediante el fútbol era cosa de pobres.

Pero en los últimos 15 años, este panorama fue transformándose agudamente. La cultura futbolística argentina es hoy una cultura fundamentalmente televisiva, que practica una expansión simbólica y material; simbólica, en su captación infinita de públicos, en su construcción de un país futbolizado sin límites; material, en el crecimiento de su facturación –directa o indirecta, mediática o de merchandising– y en el aumento de los capitales involucrados –desde la compraventa de jugadores hasta las inversiones publicitarias y televisivas.

A estos cambios se le suma el constante intercambio de jugadores, desde los equipos más modestos a los llamados “grandes”, y desde éstos hacia el fútbol europeo o los “nuevos mercados”. La continuidad tradicional de un jugador en un mismo equipo durante un lapso prolongado de tiempo ha desaparecido: al poco tiempo de su aparición, es vendido a un comprador que asegure beneficios para todas las partes –excepto para los hinchas. En la etapa clásica del fútbol argentino, los ejes fuertes de la identidad de un equipo eran los espacios (los estadios), los colores y sus jugadores-símbolo; hoy, por los cambios constantes en la esponsorización de las camisetas, que alteran sus diseños, y por los flujos incesantes de las ventas de jugadores, el establecimiento de lazos de identidad a partir de estos ejes está debilitado. Los jugadores, asimismo, están atravesados por la lógica del espectáculo: son nuevos miembros del jet-set local, inundan las pantallas, los avisos publicitarios; se transforman en símbolos eróticos, se ven sujetos al asalto sexual. La relación del jugador con el hincha alcanza así su máxima distancia.

Consecuentemente, esto implica cambios en la cosmovisión de los hinchas. Las hinchadas se perciben a sí mismas como el único custodio de la identidad; como el único actor que no produce ganancias económicas, pero que produce ganancias simbólicas y pasionales; frente a la maximización del beneficio monetario, las hinchadas sólo pueden proponer la defensa de su beneficio de pasiones, de su producción de sentimientos “puros”.

La continuidad de los datos que garantizan la identidad de un equipo aparece depositada en los hinchas, los únicos fieles “a los colores”, frente a jugadores “traidores”, a dirigentes guiados por el interés económico personal, a empresarios televisivos ocupados en maximizar la ganancia, a periodistas corruptos involucrados en negocios de transferencias. Las hinchadas despliegan, en consecuencia, una autopercepción que agiganta sus obligaciones militantes: ir a la cancha no es únicamente el cumplimiento de un rito semanal. Por un lado, por la persistencia del mito, de la ilusión mágica: todo hincha supone –sabe– que ir a la cancha incide en el resultado. Por el otro: que esa identidad permanezca viva, que no muera en medio de los “negocios”, depende, exclusivamente, de ese incesante concurrir a la cancha, para afirmar la continuidad del pacto pasional.

De los hinchas –de cómo se imaginan a sí mismos– depende también una política de la identidad. La sociedad argentina, como todas las sociedades contemporáneas, ha sufrido una crisis aguda de las identidades, de las maneras cómo sus ciudadanos se imaginaban dentro de colectivos. Modernamente, las opciones eran variadas e inclusive podían superponerse. La crisis de los grandes relatos que caracteriza a la llamada posmodernidad puede leerse cotidianamente en lo difícil que resulta afirmar alguna identidad. Peor aún, cuando la propia noción de ciudadanía ha entrado en crisis, y las grandes tradiciones de inclusión ciudadana se convierten en las duras políticas de exclusión social.

Entonces, parece quedar una sola posibilidad. Es fácil, pide apenas una inversión de pasión, es cálida, permite tener una gran cantidad de compañeros que no preguntan de dónde viene uno: ser hincha de fútbol. El problema es doble: por un lado, que estas identidades no son ni pueden ser políticas y entonces implican que la discusión por la inclusión y la ciudadanía se diluye en esta ciudadanía menor, confortable y mentirosa. El otro, mucho más grave, es que estas identidades son radicales: existen sólo frente a otra identidad que le sirva de oposición, el adversario, al que se le debe ganar. Y cuando la identidad futbolística queda tan aislada, sin otra opción que ella misma para afirmarse como sujeto social –y para colmo, en un deporte, lo que implica continuamente la competencia–, el adversario se transforma en enemigo, porque su victoria implica mi derrota. De allí, dos síntomas: primero, el que describí más arriba, el aguante como ética. El segundo, ese grito pavoroso que puebla los estadios argentinos, pero también las
pantallas y las páginas: no existís.

No existís, el grito de guerra que acompaña al aguante, es otra de las marcas que podemos asentar en el debe de la dictadura militar. Negar la existencia del otro, lejos del contrato tolerante de una sociedad democrática, implica aceptar que el otro puede, simplemente, desaparecer, ser suprimido; o lo que es peor, que debe ser suprimido. Esto, claro, es contrario a un dato básico de la cultura futbolística, que exige un otro permanentemente: cuando el equipo rival se va al descenso, los hinchas festejan, pero también ansían su retorno, porque su presencia es garantía de la propia identidad. Pero además, que el no existís sea tan aceptado y practicado, sin ninguna crítica o autocrítica, nos habla de un contexto donde la muerte del otro es legítima. Si el otro no existe, hacer que deje de existir de una vez por todas no está tan mal.

Asimismo, esta centralidad de la identidad futbolística –mejor, esa centralidad en el relato de la identidad autopercibida por los hinchas– es recuperada por los medios. La narración periodística del fútbol deja de ser un espectáculo deportivo enmarcado por una gran cantidad de público; hoy los hinchas agigantan su protagonismo en el relato, en la televisación de sus carnavales o en el relato de sus acciones. Las publicidades muestran constantemente situaciones donde ser hincha no es sólo legítimo: es la única posibilidad, aunque los hinchas puestos en escena sean miembros de una clase media que en otros tiempos reservaba el hinchismo a la vida privada, al tiempo de ocio. Este fenómeno es contemporáneo a la aparición en otros países de las narrativas ficcionales o biográficas orientadas hacia los hinchas: en Inglaterra, por ejemplo, aparece con la primera novela de Nick Hornby, Fiebre en las gradas, simplemente limitada a narrar las andanzas de Hornby como hincha del Arsenal. En el caso argentino, esto puede leerse como una nueva señal de una ausencia: la desaparición del héroe deportivo –una vez más: Maradona– y la imposibilidad de su reemplazo. O su reemplazo falso por un héroe colectivo, descentrado, que se comporta como el guión del espectáculo espera de él y que además no cobra cachet. El problema, claro, es cuando no se comporta como es debido.

¿Y cómo esperar mesura en su comportamiento, cuando de ser hincha dependen tantas cosas? Una tarea ímproba, desbordada, insalubre: el futuro del club, de la patria y del fútbol todo depende de ellos. De su aguante.


• Extracto de “Fútbol, violencia y política en la Argentina:ética, estética y retórica del aguante” Autor: Dr. Pablo Alabarces.

Leer entero aquí: http://www.cafyd.com/HistDeporte/htm/pdf/2-2.pdf.

“Pablo Alejandro Alabarces (4 de noviembre de 1961) es un sociólogo argentino. Actualmente es Profesor Titular del Seminario de Cultura Popular en la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales en la Universidad de Buenos Aires.

Licenciado en letras por la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires (1987) y Magíster en Sociología de la Cultura en la Universidad Nacional de General San Martín (1999). En 2002 se doctoró en Sociología en la Universidad de Brighton, Inglaterra.”

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