LA DOLCE VITA DE SARRI

MARTÍN OLIVÉ

“Lo que nos envejece es el aburrimiento” decía el personaje de Annibale Ninchi en La Dolce Vita, la gran película de Federico Fellini, mientras cortejaba a una bailarina de un cabaret. Mucha verdad hay en esa frase y es por eso que el fútbol ha “envejecido” tanto, alejándose de la niñez que guarda el entretenimiento de “jugar a la pelota”.

En Nápoli, lejos de la glamorosa Roma, Maurizio Sarri impone su obra que se revela contra el clasismo de un estancado fútbol italiano y el tedio que se ha vuelto ver un partido en la actualidad. Divierte, rejuvenece, alegra y, parafraseando a Ángel Cappa, no engorda.

Sarri es un artista. En un fútbol hipermercantilizado trabaja para plasmar en el campo de juego su ideal, con pocos recursos pero con mucho talento para poder desarrollarlo. Como si fuese un director de cine under que con una cámara logra contar una historia, emocionar, crear algo bello mientras en otros te entregan superproducciones basuras.

Pase al compañero, tercer hombre, agrupar por un sector para liberar el contrario, basculación de pelota, sobrecargar el área, presión, y miles de conceptos que pueden servir para explicar táctica y estratégicamente como juega el equipo napolitano pero que son irrelevantes ante lo más importante: las emociones. Este Nápoli encanta, hace que te prendas a la televisión y que saltes de tu asiento ante una jugada. Al fin y al cabo, ninguno de los conceptos anteriormente vertidos quedaran en tu memoria, solo los buenos momentos que pasaste viendo un partido.

Lorenzo Insigne, Dries Mertens y José Callejón se han vuelto el “Big 3” más letal de Europa sin necesitar de siglas marketineras pensadas por algún creativo publicitario sentado en un Starbucks. Asistencias, desmarques, paredes, goles, alegría. El entendimiento del tridente de arriba, lo que disfrutan de estar juntos en una cancha de fútbol, es el motivo principal de que el celeste brille tanto como un despejado cielo veraniego.

Volvamos a La Dolce Vita. Quizás, Sarri la vio en algún cine de pueblo y al igual que Marcello, su protagonista, temía terminar con una vida rutinaria y gris. No lo sé, a lo mejor solo son mis propios temores proyectados en él, pero si sigo imaginando puedo visualizar a un joven Maurizio operando una grúa o sellando cheques en un banco sintiéndose limitado, absorbido por el sistema pensando en como poder expresar toda esa creatividad que pedía ser liberada. La única verdad es la realidad, y lo cierto es que logró llegar a crear a este Nápoli que nos sirve a cada uno de nosotros como vía de escape hacia la felicidad.

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