PIQUÉ TIENE RAZÓN

MARTÍN OLIVÉ

Piqué tiene razón. Cuando entre lágrimas, emocionado pero muy lúcido, dijo: “Ir a la selección no es una competición de patriotismo, el que va no es el más patriota de todos”.

El fútbol es parte importante en la cultura de un pueblo. Es fácil reconocer una sociedad por su fútbol como lo es a través de su literatura o su música, genera una identidad a tal punto que hay países que son reconocidos por la FIFA y no por la ONU. Sin embargo, embriagados con nacionalismo barato, pierden de vista que es solo una competición, un juego.

Desde los medios de comunicación suelen vender a los partidos como batallas. Cuando juega la selección esto se potencia apelando al fervor patrio, al chauvinismo e, inclusive, a la xenofobia. Un encuentro por eliminatorias pasa a ser el equivalente a cualquier reyerta bélica y los jugadores auténticos próceres que luchan por el honor de una nación contra el enemigo extranjero.

Todo se desvirtúa y la masa embanderada se enerva pidiéndoles a los futbolistas que demuestren más amor a la patria del ellos mismos le han demostrado en su vida. Si un jugador no canta el himno, renuncia a jugar o simplemente erra un pase es un vende patria. Sin ningún tipo de autoridad moral miden el patriotismo de personas que están practicando un deporte cuando en el día a día somos testigos de cientos de acciones “vende patria” y no solo no reaccionan con la misma vehemencia sino que, en algunos casos, las avalan.

Durante una copa del mundo el fútbol se vuelve un tema de estado. Se siguen las aventuras de esos veintitrés guerreros que fueron a defender el honor del país en tierras hostiles para dejar en lo más alto pabellón nacional. A medida que se den los triunfos y se avance en la competición se subirá al futbolista a un corcel y quedaran inmortalizados en bronce. Pero si eso no ocurre, la afrenta será imperdonable y la condena social severa. Todo está desvirtuado.

Hubo futbolistas que pueden entrar en la categoría de próceres nacionales. Rachid Mehkloufi se escapó de la concentración francesa que se preparaba para el mundial 58’ para ir integrar una naciente selección de Argelia que daría a conocer al mundo su lucha por la independencia o Didier Drogba que en Costa de Marfil logró sanar las heridas de una guerra intestina. Pero lo lograron porque trascendieron la escena de su deporte, salieron de su rol y zona de confort para involucrarse a fondo con la problemática de su pueblo.

Un futbolista no es más o menos patriota que cualquiera de nosotros, y no tiene por qué serlo. No acuden a una guerra, sino a todo lo contrario: El deporte no separa dos países, sino que los une. Piqué, catalán y jugador de la selección española, tiene razón.

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