EL PUTO AMO

RODRIGO SOBARZO

Cuando ya nos habíamos cansado de escuchar a los paladines del fútbol decir que Guardiola jamás iba a poder imponer su juego en una liga con tanto “vértigo” como la Premier, llega Pep y los vuelve a dejar sin palabras. Podría gastar infinitas líneas hablando sobre los dos títulos conseguidos esta temporada, los récords alcanzados y de números y más números, pero sería una falta de respeto hacia la obra del catalán.

Su segunda temporada en Inglaterra nos demostró una vez más la extraordinaria capacidad de adaptación que tiene. Hay características coyunturales de cada país que imposibilitan que los equipos de un entrenador jueguen de la misma manera en todas partes. El City juega diferente al Barcelona y al Bayern que le vimos dirigir, pero nunca se modificaron las ideas bases que sustentan la filosofía de juego de Guardiola. El fútbol es un proceso evolutivo, no podíamos pretender que se impusiera de manera inmediata en liga inglesa, pero los que lo conocen, saben que de igual forma, tarde o temprano siempre termina imponiéndose. Para aprender, primero hay que experimentar y experimentando se cometen errores. Estos errores los vimos en la primera temporada en Inglaterra y son los que permitieron hacer imparable a este equipo en la segunda. Los cityzens fueron los más fuertes y efectivos en ambas áreas y los que mejor trataron a la pelota en el mediocampo. La transmisión del concepto por parte de Pep hacia sus jugadores fue notable. Cada jugador entendió a la perfección el juego de posición y la gran mayoría mejoró visiblemente su capacidad técnica (mención especial a Sterling). Pero el aspecto más notable de este equipo fue el trabajo sin pelota. La recuperación post perdida a través de la presión alta y por medio de la buena ocupación de los espacios y no la acumulación de jugadores en determinadas áreas del campo fue el gran mérito de Pep.

La superioridad de Guardiola ante sus pares es escandalosa. Nadie ha ganado como él y algo más difícil aun: nadie ha logrado que sus equipos dominen de manera tan contundente e inapelable, independientemente de la liga en que se esté dirigiendo. Esta superioridad también es admitida por los críticos de Pep. Esto lo observamos en la desigualdad de la balanza en cuanto a la medición del trabajo del catalán. A cualquier otro entrenador se le evalúa de buena forma con el solo hecho de ganar una liga y hasta en algunos casos, basta con competir. En el caso de Guardiola no basta con que gane la liga con cinco fechas de anticipación y les dé una exhibición de fútbol a todo el que se le ponga enfrente, sino también se le pide que gane todo lo que juegue y que no fiche al jugador que quiera si el precio de este último es elevado. Esta es la paradójica carga que trae consigo desde que ganó todo en su primera temporada en el Barcelona. Ganó tanto y de una forma tan magnífica que todo su trabajo posterior es medido con esa misma vara y hasta con una superior.

No son los títulos, es el sentimiento que provocas en la gente lo que te hace trascendente. Ni los catorce títulos con el Barca, ni los siete con el Bayern o todos los que consiga con el Manchester City son lo que queda en la memoria de la gente, sino el placer y lo dignificante para el hincha que era ver jugar a sus equipos. Esta temporada es más trascendente que los títulos obtenidos. Esta temporada es histórica. Porque Guardiola le volvió a decir con autoridad a la gente que la belleza es una forma de eficacia, y que mientras él esté dirigiendo, el monopolio de la excelencia es propiedad suya.

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