EL MESSI MÁS MORETTIANO

MARTÍN OLIVÉ

“Sí, he sido elegido. Pero esto en lugar de darme fuerzas y conciencia, me abruma y me confunde aún más”, decía en su discurso el electo Papa Melville (personaje interpretado por Michel Piccoli) al renunciar a su cargo en la película Habemus Papam (2011) de Nanni Moretti. Situación similar a cuando el Lionel Messi más autentico, en la noche neoyorquina, declaró que dejaba la selección porque “no se me da” rechazando el también ser el elegido de Dios en la tierra. Que si bien no es argentino todos sabemos que atiende en Buenos Aires.

Durante el film, Moretti explora con maestría y humor las presiones, los miedos y la fragilidad de las personas sin importar jerarquías ni distinciones. Sea la máxima autoridad religiosa o un jugador de fútbol, solemos olvidarnos de las personas que hay detrás del personaje y que aquellas sufren tanto como nosotros. Sólo nos quedamos con la imagen de Messi caminando con la cabeza agachada, llorando (más que gritando) los goles, tocándose la cinta de capitán como si le molestase. Como si estuviese en un lugar en el que nunca quiso estar. Las presiones contractuales, dirigenciales y hasta económicas hicieron que dé marcha atrás con su renuncia, pero de la misma manera que en la película engañaban a todos los cardenales con una sombra similar a la del Papa que saludaba desde la ventana, mientras hacían una especie de mundialito de volley, en estos dos años no hemos visto a Messi sino a su sombra. Algo se había terminado en New York.

La relación de Messi con Argentina siempre fue forzada. Desde que Julio Grondona inventó un amistoso contra Paraguay para que no eligiese jugar para España hasta los mensajes en los subtes de “no te vayas, Lío” en 2016. El “futbolero argentino” se ve obligado a quererlo porque es el mejor del mundo y nada le gusta más al argentino que ser el mejor. Pero a su vez, viene a rivalizar con el verdadero amor: Diego Maradona. Siempre fue más fácil que el “enemigo” del Diego en la discusión por el mejor de la historia fuese Pelé. Se podían hacer con su sexualidad o minimizar sus logros porque era brasileño. De otros. Pero Messi es nuestro y nunca se pudo saldar esa dicotomía que se presenta al querer que le vaya bien, porque es la única forma de que a Argentina le vaya bien, pero a su vez desear que le vaya mal para que nunca destrone a D10S. Como Michele Apicella, en Palobella Rossa (1989), dudaba de si ejecutar el penal a la “destra o la sinistra” el argentino duda constantemente de si querer o no a Messi significaría un sacrilegio para su religión.

Las derrotas se acumulan y las “editoriales violentas” de los periodistas deportivos, no deportivos y opinologos aumentan ante cada descalabro. El público quiere sangre y los medios le entregan lo que quiere. “¿Hablo yo de neuropsiquiatría? ¿hablo yo de botánica? ¿hablo yo de álgebra? ¡Yo no hablo de las cosas que no conozco!” se quejaba Moretti en Sogni d’Oro (1981) sobre los opinologos que criticaban su película. Aquel pesado que siempre le recriminaba que “probara hacer ver este filme a un jornalero lucano, a un pastor abrucés o a una ama de casa de Treviso” puede verse en la figura del que siempre le pide a Messi “que cante el himno, juegue con el tobillo hinchado o haga un gol como el del Diego a los ingleses”. A diferencia de Nanni, Lionel es más benévolo y no salió a decir que son un “público de mierda”.

“Me gusta esta canción porque me recuerda a 15 años de trauma” decía uno de los miembros de ese grupo de jóvenes sin rumbo y con dilemas existenciales de Ecce Bombo (1978). Quizás, en unos años cuando el “Club de amigos de Messi” se reúna, ya lejos de los focos que los apuntan constantemente, pongan algún tema mundialista y recuerden su etapa en la selección que fue más traumática que placentera.

En definitiva esta nota no sirve de nada porque sólo el propio Messi sabe lo que le pasa por su cabeza. Que sensaciones tiene al entrar a la cancha con la celeste y blanca. El resto solo somos simples espectadores que vemos su carrera como si de una película de Nanni Moretti se tratase.

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