LAS MIL VIDAS DE MARADONA

GARCÍA BASSINO

Desde que comencé con el ejercicio de la escritura nunca puse a Maradona como protagonista de mis textos, pues sé lo complicado que es no caer en vulgaridades. Hoy día, cuando su vida es consumida como una suerte de reality show en los medios de comunicación más y menos sensacionalistas,  es cuando más cuidado debemos tener a opinar sobre una vida que tuvo un campo minado de tentaciones desde sus comienzos.

En la noche de ayer, Dorados de Sinaloa, quien pena en el Ascenso MX, ganó por abultado marcador en un encuentro que podría ser una noticia más, ni siquiera digna de unos segundos de aparición en algún zócalo de canal deportivo. Pero muchos estamos hablando de aquello, y el motor es Diego Armando Maradona.

Una vez más llegó a un lugar inverosímil y desde el momento que pisó tierras aztecas –incluso antes- todo giró en torno a su figura. Como cuando tenía la pelota en sus pies, parece que cuando está en foco nadie puede quitarle atención. Por un lado sus más fervientes admiradores que le festejarán irse a Bielorrusia a manejar un automóvil digno de alguna película pochoclera yanqui y no saber bien qué función cumplirá ni por cuánto tiempo. Por el otro, los eternos detractores que buscan cualquier excusa para rebajarlo; pero siempre quedan mirándole la espalda como los ingleses en el 86.

La pregunta aquí es qué nos hace mirar un encuentro de la segunda división mexicana, con el respeto que se merece, o comenzar a seguir a un equipo bielorruso, o buscar streaming para ver equipos árabes, por nombrar sólo las últimas incursiones maradonianas en el ambiente del fútbol. Qué nos hace, aun hoy, tantísimos años después de sus gestas más grandes y ya retirado del fútbol, seguir amando a Maradona tal y como si fuese la primera vez.

Seré un pésimo escritor, y seguramente sería un peor director de cine, pero ya les muestro mis manos: vacías, sin armas. Yo no sé qué nos hace seguir a Maradona. Infiero que nadie lo sabe, pero todos alguna vez intentamos sacar conclusiones. En estas pocas líneas voy tratando de sembrar una mínima respuesta pensando en voz alta.

El fútbol tiene tantas definiciones que puede terminar reducido a la nada, pero uno de los aspectos que más nos aferra a él son las emociones que provoca al espectador; por otro lado, además, es un hecho cultural, producto de nuestra cotidianidad, casi una excusa para relacionarnos con el resto. Maradona fue quien logró conectar con mayor exactitud y facilidad estas aristas, haciendo del fútbol, además de un arte, un motor de recuerdos. Ver a Diego es recordar un abrazo, una sonrisa, dónde estábamos en aquella finta, con quién la vimos. Maradona no es un futbolista, es nuestros afectos proyectados en un futbolista. Por eso, infiero, es tan grande e importante para la sociedad argentina. Pero esto es sólo una parte, la de jugador.

También es necesario abocarse en el resto, lo coyuntural, aquello que nos encarna en él.

Su vida nunca pudo ser privada. Todos quieren dinero, fama y gloria, pero cuando llega en forma de tsunami no debe ser nada sencillo. ¿Por qué no tiene permitido fallar?, ¿acaso sería el único que termina golpeado luego de años de vivir? La vida, incluso como concepto filosófico, pervierte a todas las personas. Nadie sale sano y salvo de la aventura del vivir.

Y Maradona tuvo tantas como usted o yo podríamos soñar en mil años. Su vida parece dictada por la pluma del mismísimo Borges. Como si mediante ruinas circulares, laberínticos caminos y realidades alternas confluyan mil vidas, todas finalizadas con el diez en la camiseta.

Fue Pelusa, el pibe que salió de La Fiorito para darle bienestar a su familia. Fue la promesa que debuta tirando un ñoca para deleitar a La Paternal. El que llega al club de su vida y sale campeón. El argentino que viaja a Europa y hace gigante al pobre. El que le da gloria eterna a su país gambeteando futbolistas que todos veían vestidos de soldados.  Fue “el sueño del pibe” tantas veces como nosotros lo podríamos imaginar con la cabeza en nuestras almohadas.

Y sólo evoqué algunos momentos de su carrera como futbolista, pues sería inabarcable mencionar cada situación irreal que le ha tocado en suerte o desgracia. No tengo certezas pero tampoco dudas de que Maradona vivió, vive y vivirá hasta el final de sus días con el diez en la espalda y ajustándose la cinta de capitán.

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